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Entradas etiquetadas con "la ciudad de la niebla".

Patriotismo del aburrimiento

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10th January 2019

Para el señor Mantz, Inglaterra nunca peleaba más que por justicia y por el bien, nunca había defendido una mala causa, y, como es lógico, habiendo Providencia, siempre sin excepción vencía a los demás países. Para el señor Mantz, Inglaterra era como el brazo de Dios, la defensora nata del derecho divino y humano.

Mi padre solía decir con sorna comentando las opiniones de Mantz:

—No. Si es verdad. ¡Si yo creo que el señor Mantz tiene razón! Inglaterra siempre defiende el derecho. Es cosa que no se puede negar. Ahora que cuando puede apoderarse de algo se apodera, y en esos momentos no le parece oportuno defender el derecho. Pero cuando no puede apoderarse de nada, ¡entonces hay que ver a Inglaterra defendiendo el derecho con entusiasmo, sobre todo si se puede impedir que otro país siguiendo sus prácticas se quede con algo!

Yo creo que en esto mi padre tenía razón; pero, por otra parte, tampoco me parece mal que la gente que está en los comercios y no tiene otra diversión sea patriota.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Lo atractivo de Vladimir

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10th January 2019

Luego Vladimir tomó la palabra: hablaba maravillosamente, tenía una elocuencia y una fecundia avasalladoras. Además, había en él un fervor por las ideas generosas y humanitarias que se comunicaba a los demás. Yo le contemplaba con atención. Me recordaba algo a mi padre. Una parecida exuberancia y la misma facilidad de expresión.

—¿No sería también un farsante? —me preguntaba.

No he visto jamás un hombre que tuviera mayor atractivo.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Razas inferiores

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10th January 2019

El señor Mantz estaba empleado en una casa de comercio de la City. Era hijo de alemanes, pero se sentía el inglés más inglés de Inglaterra.

El señor Mantz era una excelente persona en todo, menos tratándose de cuestiones patrióticas, porque entonces se transformaba y se convertía en una fiera y no quería más que guerras, fusilamientos y barbaridades.

A mi padre le guardaba rencor por una frase imprudente que le había oído.

Un día un joven ingeniero llegado de la India contaba en el salón que allá, aun en el campo y en los parajes más apartados, el empleado inglés de noche se pone el frac para presentarse a la mesa.

—Hace bien —dijo Mantz secamente—; esto lo hace para distinguirse de las razas inferiores.

—¿A quiénes llama este señor inferiores? —preguntó mi padre con aire impertinente—, ¿a los infios o a los ingleses?

Mantz, que lo entendió, volvió la espalda y no dirigió más la palabra a mi padre. Desde entonces, siempre que le veía le miraba como si se tratara de un mueble. En cambio, por mí manifestaba bastante simpatía.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Revolucionarios ajenos

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10th January 2019

—Pues yo no veo que esta gente sea tan entusiasta de los revolucionarios —dije yo.

—Lo son, ¡ya lo creo! Los ingleses son entusiastas frenéticos de los revolucionarios de los demás países; pero no de los suyos. Un enemigo del zar, del emperador Guillermo o de un rey de cualquier parte, tiene siempre aquí grandes simpatías.

—¿Y por qué esta diferencia entre los rebeldes suyos y los ajenos?

—Por una razón muy sencilla: ellos creen, y en parte se acercan a la verdad, que los gobiernos de Europa son todos abominables, menos el suyo. Así, un revolucionario alemán, español o ruso es un descontento lógico; en cambio, un revolucionario inglés es un hombre absurdo.

—¡Ah! Vamos, sí, se comprende.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Las fuentes de la riqueza

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10th January 2019

—Es grandioso todo esto —exclamó Iturrioz de nuevo.

—Sí, es verdad —dije yo,

—Y tiene además —añadió él— el aire tranquilizador del pueblo en el que se ve claramente el manantial del dinero. Es todo lo contrario de Madrid. Allí se ve gente elegante, bien vestida, coches, caballos... ¿De dónde sale aquello? Es un misterio. En España todas las fuentes de la riqueza son turbias.

—Aquí ocurrirá lo mismo —dijo mi padre.

—Por lo menos, todo esto es claro —repuso Iturrioz señalando la orilla del Támesis.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Mendigos en el parque

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10th January 2019

—Miren ustedes esas señoras, ¡qué indiferentes pasan entre los mendigos! —exclamó mi padre.

—Sí, estas grullas de Londres no son muy sentimentales —dijo riendo Roche.

—Pues debe ser fastidioso pasear llena de joyas en medio de esos desarrapados —añadí yo.

—Ya ven ustedes —repuso mi padre—; a pesar de que ustedes dicen que todos los países son iguales, en España no se dejaría a estos vagabundos tirados en el parque.

—¿Pues qué harían con ellos? —preguntó Roche.

—Probablemente, meterlos en la cárcel.

—Nosotros somos más humanos; los dejamos morirse de hambre. Hay que tener en cuenta una cosa: que en otros lados la pobreza es una desgracia; aquí es una vergüenza. El inglés quiere creer que su sociedad está tan bien organizada, que el que no sube y se enriquece es porque no vale. Es una idea ridícula, pero así lo creen ellos.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

La ficción social

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10th January 2019

Siguieron mi padre y Roche discutiendo y comparando a los ingleses con los españoles.

—A mí —terminó diciendo mi padre— en Inglaterra me molestan las ideas y en España los hombres.

—Sí; en España —dijo Roche— es difícil notar ideas sociales, generales. Yo creo que no las hay.

—O quizás no hay preocupaciones —contestó mi padre.

—Es igual —repuso el escocés—. La sociedad es una ficción sostenida por una serie de ficciones. Allí no existe la ficción social; la ley es una cosa que está fuera de las conciencias. Está bien; si detrás de ese nihilismo queda el hombre, España siempre será algo; ahora, si no hay nada...

—Yo creo que hay.

—¡Psé! Es posible. Aquél es un país anárquico por naturaleza —dijo Roche—; pero de un anarquismo débil. Allí todo está en lucha constante; los pájaros riñen en el campo, los gatos se arañan, los chicos se pegan, pero todos se cansan pronto. Mire usted aquí estos gorriones qué respetables son; no me chocaría nada que tuvieran un club y sus horas fijas para acostarse. Son gorriones civilizados.

—Y sin embargo, ustedes y sus gorriones han llegado más tarde a la civilización que nosotros —dijo mi padre.

—Sí, pero con unas condiciones de suelo y de clima ideales. La civilización primaria, imaginativa y contemplativa, tenía que desenvolverse en climas calientes y húmedos, en donde abundaran cereales y substancias con almidón y azúcar. La civilización industrial, científica, necesariamente tiene que tener su expansión en climas como el de Inglaterra. Aquí la naturaleza es en parte enemiga, pero se entrega pronto, y el hombre, viendo la eficacia de su esfuerzo, se hace en seguida un hombre de acción. La tierra le da el sentimiento de su energía y el sentimiento de su triunfo.

—Y sin embargo, las diferencias que hay entre España e Inglaterra, en el fondo, no deben ser muy grandes —dije yo.

—La diferencia mayor es el clima y la riqueza —replicó Roche—. Las ideas no tienen importancia alguna. Las ideas son el uniforme vistoso que se les pone a los sentimientos y a los instintos. Una costumbre indica mucho más que el carácter de un pueblo que una idea.

—Y con relación a las costumbres, ¡cuántas cosas que no son verdad se dicen! —exclamé yo—. (...)

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Un Támesis para España

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10th January 2019

—Qué hermoso, ¿eh? —exclamó Iturrioz.

—¿Te gusta de veras? —preguntó asombrado papá—. A mí este río me parece una gran alcantarilla; bilis y carbón.

—¡Ca, hombre; si esto es admirable! ¡Si en Madrid hubiera un río así, ya estaba resuelto el problema de España! —exclamó Iturrioz.

—¿Cree usted? —dije yo.

—Con seguridad.

—¿Y por qué?

—Pon tú la capital de España a esta altura sobre el nivel del mar, con esta atmósfera pesada y húmeda, con río así, y en poco tiempo la gente de allá, en vez de irritable y nerviosa como es, se haría tranquila y equilibrada. El pueblo aumentaría de tamaño rápidamente, crecerían los árboles en sus alrededores, crecería la hierba, y las miradas de los madrileños, en vez de ser intensas y fuertes, se harían vagas y dulces. Los madrileños no tendrían como ahora los nervios excitados por el clima áspero y seco, no serían tan vivos ni harían chistes, estarían más tranquilos, y su inteligencia, más pesada, sería más fecunda. La gente de buena voluntad estudiaría las necesidades del país y desaparecería en las provincias el odio a la capital. Se entraría en un café o en un sitio público y no nos miraríamos como nos miramos allí todos, con odio. Madrid sería para España lo que es Londres para Inglaterra, y España estaría bien.

—De manera que con un poco más de humedad y un poco menos de altitud, el problema estaría resuelto —dije yo.

—Con seguridad.

—Y la gente mientras tanto sigue pensando en que para arreglar España es necesaria la influencia de Dios o la del socialismo —exclamó papá burlonamente.

—Gente supersticiosa —murmuró Iturrioz— que cree que las ideas y los discursos tienen un valor real, de esos que quisieran abrir una ostra tan grande como el mundo con una palabrita persuasiva.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Ideal de disciplina

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11th January 2019

—Es que hay aquí un ambiente de aburrimiento terrible. Con sus ideas religiosas y conservadoras le van a convertir a uno en un idiota. ¡Qué país! Yo creo que vale más vivir en un rincón de Marruecos que no estar metido dentro de este charco, en donde se masca el aburrimiento más desesperante.

—¡Pero, papá, ahora no es cuestión de quejarse! Tú quisiste venir...

—Sí, ya lo sé. Yo creí que era otra cosa; pero es un pueblo estólido y antipático. Aquí, la idea de categoría lo rige todo: categorías de hombres, de mujeres, de vinos, de frutas, de juegos, de sport. ¡Un pueblo que tiene un ideal de disciplina y de orden! ¡Qué cosa más repugnante!

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

El camino tortuoso

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11th January 2019

Yo insinué que quizás sus diferencias fueran pasajeras; pero Roche aseguró rotundamente que no, y comenzó a hablar de su mujer con amargura, pintándola como desprovista de todo sentido de justicia y de bondad.

—Yo no creo que sea mala —dije yo.

—¡Oh! Usted no la conoce. Mi mujer es todo vanidad, soberbia y egoísmo monstruoso. Gozar, mandar, triunfar, humillar a las demás mujeres... ¿Medios? Todos son buenos.

—El camino tortuoso —dije yo.

—Sí, el camino tortuoso —añadió Roche—; y esto no es lo peor de su carácter.

—¡Qué lástima! —exclamé yo.

—Crea usted —repuso él—;cuando en una mujer se une el afán de los placeres con el afán de figurar, de prosperar socialmente, se convierte en una cosa estúpida y bestial, en una mezcla de fregona, de cortesana, de cómica y de agente de negocios que es sencillamente repulsiva. Todas esas mundanas de París, de Londres y de Nueva York valen menos sentimentalmente y hasta intelectualmente que la mujer de un bosquimano o aun que la hembra del orangután. Sólo a algunos escrituroes idiotas se les ocurre alabar como un producto refinado, civilizado y completo a estas mujeres ansiosas. Es ridículo. Creen que estas damas son espirituales porque llevan trajes lujosos y magníficos sombreros, y en el fondo ¿sabe usted lo que son?

—¿Qué?
—Pues un producto similar a esos viajantes de comercio intrigantes y crapulosos de quienes todo el mundo se ríe. Mi mujer tiene la misma mentalidad que un barítono italiano o que un comisionista ambicioso de Marsella.
Yo creo que en el fondo Roche tenía razón, pero no me pareció oportuno decírselo.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Ahora el autor...

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12th January 2019
AHORA EL AUTOR...

Ahora el autor, al tomar la pluma de su heroína y seguir escribiendo, quisiera poder resarcir a sus lectores de las descripciones pesadas y de las disgresiones insignificantes, dándoles una impresión de claridad y de fuerza, de serenidad y de confianza en la vida, como cualquier escritor del Renacimiento. (...)

EL LAMENTO DEL FOLLETINISTA

Pero ¿cómo dar a todas estas viejas figuras, a todas estas viejas imágenes, su brillantez y su entonación primera? El sol de la vida artística resulta extinguido y su paleta no sabe pintar como antaño con la misteriosa alquimia de sus colores los hombres y las cosas; las pasiones se han convertido en instintos o en tonterías; las flores de la retórica se han marchitado y huelen sólo a pintura rancia; la frase más original sabe a lugar común, y los adoradores de la antigua Grecia quieren restaurar el espíritu helénico con Partenones de cartón de una perfección grotesca.

Ya casi no hay hombres buenos ni malos, ni traidores por vocación, ni envenenadores por capricho. Hemos descompuesto al hombre, al conjunto de mentiras y verdades que antes era el hombre, y no sabemos recomponerle. Nos falta el cemento de la fe divina o de la fe humana, para hacer con estos cascotes una cosa que parezca una estatua. Hemos perdido la ilusión por este monillo que se llama a sí mismo sapiente, y en vez de maravillarnos su actitud, a pesar de su ciencia, a pesar de su genio, a pesar de sus atrevimientos, nos inspira una profunda lástica cuando no nos da risa. Nos hemos acostumbrado a tutear a los dioses, a los reyes y a los héroes. Hemos jubilado todo lo maravilloso. ¡Oh, magníficos dioses de mármol, circunspectos y graves, adustos santos de piedra, imágenes en talla de beatos y de venerables con peana dorada y ojos de cristal! Ya no servís más que para decorar los rincones de las tiendas de antigüedades. Sentimos hoy el mismo fetichismo que ayer, pero lo consideramos como una vergüenza. Somos demasiado sabios y demasiado viejos para sentirnos cándidos, orgullosos y altivos; así nuestra existencia es humilde y cómica. Somos pequeños bufones, envenenados por la sociedad, por esta sociedad a la que descompondremos riendo, mientras no podamos darle el golpe de gracia hundiéndole la más afilada aguja impregnada en la toxina más venenosa, en medio del corazón. Hoy el porvenir y aun el presente es de los profesores socialistas, de los que saben, cuentan, miden, hacen estadísticas y discurren, al parecer, con la cabeza.

ENVÍO Y DISCULPA

Así pues, viejo pajarraco del individualismo anarquista y romántico, ave de presa sin pico y sin garras, con las plumas apolilladas, las alas paralíticas y el estómago dispépsico, que no sabes volar como las águilas ni desgarrar como los buitres, estás de sobra. Retírate a tu agujero o cataloga tu momia en las vitrinas de un museo arqueológico...

No; seguramente el autor no tiene la culpa de no poder dar a sus lectores una impresión de claridad y de fuerza, de serenidad y de confianza en la vida como el más modesto narrador del Renacimiento.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Pensar en el porvenir

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22nd January 2019

Vladimir recordó a los mujicks de Rusia que, según dijo, dormían borrachos sobre la nieve con una temperatura de veinte grados bajo cero.

—Esta gente, como aquella —añadió—, se deja llevar por la vida de una manera brutal.

—Quizás sea lo mejor —repuso Natalia.

—Viven al día —dijo Vladimir—, gastan lo que tienen y no ahorran. Al menos el cuidado del porvenir no les martiriza.

—Yo les admiro —exclamó Natalia con vehemencia—;¿y tú, María?}—Yo, a pesar de tus entusiasmos, creo que hay que pensar en el porvenir.

—¡Oh, qué española más juiciosa tengo por amiga! —dijo burlonamente Natalia.

—Tiene razón —replicó Vladimir—. Esta gente bebe por desesperación, por falta de ideal. Sería mucho mejor para ellos que se trazaran un camino, ahora que en el estado en que viven, preocuparse del porvenir sería para ellos un suplicio nuevo.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Renacimiento de la esperanza

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23rd January 2019
RENACIMIENTO DE LA ESPERANZA

Hay en nosotros un impulso siniestro, que sale a flote en los momentos tempestuosos, de ira o de cólera, de desesperación o de tristeza, que nos arrastra a destruir con saña lo que está fuera o lo que está dentro de nuestro espíritu.

Este impulso, leñador gigante, tiene el brazo de titán y la mano armada de un hacha poderosa. El árbol de la esperanza crece siempre mientras la vida se desarrolla;el terrible leñador tiene obra siempre; su hacha es implacable, y caen bajo los golpes de su filo las ramas viejas y los retoños nuevos.

Las ilusiones vagas, las ilusiones definidas, la rabia por creer y la rabia por dudar, se suceden en nosotros; y cuando ya no hay más que oscuridad y tinieblas en nuestra alma, cuando vemos que la fatalidad, como un meteoro, en cada día y en cada hora se cierne sobre nuestras cabezas; entonces esa fatalidad se convierte también en esperanza, y cae bajo el hacha del leñador sombrío.

Y pensamos a veces:

«Si vamos por la vida como las ramas de los árboles van por el río después de grandes lluvias, ¿quién sabe si un horizonte sereno nos sonreirá?»

No nos detendremos en ningún remanso; el cielo está negro, el sol ha muerto, las estrellas se han apagado; no nos quedará más que el vivir, el inútil funcionamiento de nuestros órganos. Desde nuestro huerto talado no veremos más que el paisaje lleno de nieve y los cuervos dispuestos a lanzarse sobre nuestra carroña. No, nos quedará más.

Veremos que la humanidad es una cosa inútil, un juego incomprensible de la vida, un resplandor que comenzó en un gorila y acabará extinguiéndose en el vacío.

Veremos que el porvenir del hombre y de sus hijos es danzar siglos y siglos por el espacio convertido en ceniza, en una piedra muerta como la Tierra, y después disolverse en la materia cósmica.

....................

Y cuando el horizonte de la vida aparezca desnudo y seco, cuando no quede ni una rama joven ni un retoño nuevo, cuando el terrible leñador haya terminado su obra, entonces la esperanza volverá a brillar como una aurora tras de las negruras de una noche tempestuosa, y sentiremos la vida interior clara y alegre.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

María cansada

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23rd January 2019

—¿Pero cómo se explica usted, doctor —le preguntó Natalia a Iturrioz—, que María, tan valiente como es, sólo por una cosa así haya quedado tan abatida? Yo hubiera llorado un día o dos, pero creo que pronto lo hubiera olvidado todo.

—¡Ah! Es que usted —dijo Iturrioz— es un magnífico ***specimen*** de una raza joven, fresca, en la que la energía de la vida tiene una gran elasticidad, y nosotros somos viejos, nuestra raza ha vivido demasiado, y tenemos ya hasta los huesos débiles.

—¡Qué cosas más desagradables dice usted, doctor!

—No, no es la verdad; María es una muchacha enérgica.

—Sí; pero ha estado haciendo un esfuerzo superior a sí misma, y al fin se ha rendido. Nosotros, la gente del Mediodía, no podemos desarrollar una cantidad de trabajo tenaz y constante: primero, porque la raza está cansada y el caudal de vitalidad que ha llegado a nosotros ha venido exhausto; luego, porque somos máquinas de menos gasto, y por lo tanto de menos producto.

—Sí, será verdad; pero me choca lo ocurrido a María, porque con un poco de imaginación… —dijo Natalia.

—Los españoles, no tenemos imaginación —afirmó rotundamente Iturrioz.

—¿Ni fuerza ni imaginación? —preguntó la rusa burlonamente.

—Ni una cosa ni otra. Además, estamos aplastados por siglos de historia que caen sobre nuestros hombros como una losa de plomo. Nuestras pobres mujeres necesitarán muchos ensayos, muchas pruebas para emanciparse, para ser algo y tener personalidad. ¡Y aun así! Ya ve usted, María es un ensayo de emancipación que fracasa.

Natalia no hacía mucho caso de las generalizaciones filosóficas de Iturrioz, pero seguía al pie de la letra sus prescripciones médicas.

A la semana de la crisis, María comenzó a levantarse y se fueron mitigando sus melancolías.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Transformándose en optimismo

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23rd January 2019

Roche estaba muy contento y decidor; hombre que había vivido con una mujer orgullosa y seca, que no había pensado más que en mortificarle con sus frases y en gastar todo el dinero posible, al encontrarse con Natalia, que sentía por él un entusiasmo y una confianza extraordinarios, se hallaba absorto. Su filosofía escéptica iba transformándose en un optimismo algo infantil, cándido y risueño. Así como la desgracia hace discurrir más, la felicidad quita todo deseo de análisis; por eso es doblemente deseable.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Hay que ser inmoral

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23rd January 2019
HAY QUE SER INMORAL

Una tarde hablaban Iturrioz y María de su vida y del giro que habían tomado sus asuntos.

—Ya ve usted, he tenido mala suerte —dijo María.

—¿Mala suerte? No —contestó Iturrioz.

—Todo me ha salido mal —exclamó ella con un despecho infantil.

—¿Que te ha salido todo mal? No, hija mía. ¿Qué quieres tú? ¿Tener una personalidad y ser feliz como las que no la tienen? ¿Discurrir libremente, gozar del espectáculo de la propia dignidad y además ser protegida? ¿Ser niña y mujer al mismo tiempo? No, María. Eso es imposible. Hay que elegir. ¿Quieres ser el pájaro salvaje que busca sólo su comida y su nido? Pues hay que luchar contra el viento y contra las tempestades. Además, ¿quieres depender de ti misma? Tienes que abandonar una moral buena para una señorita de provincia.

—¿Por qué?

—Porque sí. Esa vieja literata que te dijo, cuando pretendiste ser su secretaria: «No ha tenido usted amantes, no me sirve usted», no creas que discurría torpemente, no. Era para ella éste el grado de tu moralidad. Ella pensó: «¿No ha tenido amantes porque es honrada?, no me conviene; o ¿no ha tenido amantes porque es indiferente?, entonces tampoco me conviene.»

—Pero ¿por qué la honradez ha de estar reñida con el trabajo?

—No; no está reñida con el trabajo, está en pugna con la vida. ¿Tú quieres ser libre? Tienes que ser inmoral. Hay virtudes que sirven y son útiles en un grado de civilización, pero que no sirven y hasta son inútiles en otro.

—Yo no lo creo así.

—Pues créelo. Este es un momento crítico de tu vida. Me alegro de encontrarme aquí, no por aconsejarte, yo no aconsejo a nadie, sino porque estoy fuera de la cuestión y tengo la suficiente serenidad para ver claro. Delante de ti tienes dos soluciones: una la vida independiente, otra la sumisión: vivir libre o tomar un amo; no hay otro camino. La vida libre te llevará probablemente al fracaso, te convertirá en un harapo, en una mujer vieja y medio loca a los treinta años; no tendrás hogar, pasarás el final de tu vida en una casa de huéspedes fría, con caras extrañas. Tendrás la grandeza del explorador que vuelve del vieja destrozado y con fiebre, eso sí. Si te sometes…

—Si me someto, ¿qué?

—Si te sometes, tendrás un amo y la vida te será más fácil. Claro que el matrimonio es una institución bárbara y brutal; pero tú puedes tener un buen amo; puedes volver a España. Venancio tiene por ti un cariño de padre, te casarás con él y tu vida será dulce y tranquila.

—¿Cree usted…?

—Sí.

—¿Y Venancio me acogerá bien?

—¡Ya lo creo!

—¿Aunque le diga lo que me ha pasado?

—¿Qué te ha pasado, criatura? —dijo Iturrioz burlonamente—. No te ha pasado nada.

María estuvo pensativa y después dijo sonriendo entre lágrimas:

—No sé si a usted le parecerá mal, Iturrioz; pero creo que me voy a someter —y después añadió graciosamente—: No tengo fuerza para ser inmoral.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Mujer española, mujer inglesa

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23rd January 2019

—¿No ha sido usted feliz? —le preguntó Natalia con gran interés.

—No —contestó sonriendo Roche—; yo hubiera vivido mejor si me hubiera casado con una irlandesa o con una española.

—¿Cree usted…? —dijo María.

—Sí. La mujer española, más femenina que la inglesa, quiere en el hombre el espectador, la calma; la inglesa, con una individualidad más fuerte, busca en el hombre el actor, el héroe, y de ahí su entusiasmo por los tipos que considera excepcionales, y de ahí sus desiluciones. Creo la verdad: que las mujeres inglesas están más inclinadas a enamorarse por admiración, y las españolas por compasión.

—Sí, es posible —repuso María—. ¿Y qué le parece a usted mejor?

—¡Oh, mejor! Eso es muy difícil saberlo, si es que hay algo mejor. La compasión me parece un sentimiento más cristiano; la admiración es más pagana. Compadecer, llorar, ver la vida como una cosa dramática, como un camino lleno de zarzas… Todo eso es muy español. Inglaterra es otra cosa. Yo creo, y esto no lo diría en voz alta, que éste es un país absolutamente anticristiano en el fondo. Hay mujer aquí, la mayoría, que no ha llorado en su vida más que leyendo novelas, que se siente fuerte y que si comete una falta no tiene remordimiento alguno.

—¿Y las rusas, qué la parecen a usted? —dijo entre risueña y turbada Natalia.

—¡Oh, la mujer rusa…! Es como la ola…

—¿Pérfida? —Preguntó Natalia.

—Es lo inesperado. Pérfidas o sinceras… lo inesperado. Una rusa es siempre superior a una mujer de Occidente cuando es buena y cuando es mala.

Natalia se ruborizó.

—La está usted confundiendo a mi amiga —dijo María.

—Ah, pero ¿es rusa?

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

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