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Entradas etiquetadas con "generación del 98".

Cara de hombres

Etiquetas: generación del 98, la busca, pío baroja.

27th December 2018

Entre los mendigos, un gran número lo formaban los ciegos; había lisiados, cojos, mancos; unos hieráticos, silenciosos y graves; otros movedizos. Se mezclaban las anguarinas pardas con las americanas raídas y las blusas sucias. Algunos andrajosos llevaban a la espalda sacos y morrales negros; otros, enormes cachiporras en la mano; un negrazo, con la cara tatuada a rayas profundas, esclavo, sin duda, en otra época, envuelto en harapos, se apoyaba en la pared con una indiferencia digna; por entre hombres y mujeres correteaban los chiquillos descalzos y los perros escuálidos; y todo aquel montón de mendigos, revuelto, agitado, palpitante, bullía como una gusanera.

—Vamos —dijo Roberto—, no está aquí ninguna de las que busco. ¿Te has fijado? —añadió—. ¡Qué pocas caras humanas hay entre los hombres! En estos miserables no se lee más que la suspicacia, la ruindad, la mala intención, como en los ricos no se advierte más que la solemnidad, la gravedad, la pedantería. Es curioso, ¿verdad? Todos los gatos tienen cara de gatos, todos los bueyes tienen caras de bueyes; en cambio, la mayoría de los hombres no tienen cara de hombres.

  • Baroja, Pío. La Busca. Navarra, España: Salvat, 1970.

El hornero Karl

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27th December 2018

Al mes de trabajar en la tahona, Manuel consideraba a Karl como su único amigo; se trataban los dos como camaradas; se llamaban de tú, y si el hornero ayudaba muchas veces a su pinche para cualquier trabajo de fuerza, en cambio, en ocasiones, le pedía su parecer y le consultaba acerca de puntos y complicaciones sentimentales, que al alemán intrigaban, y que Manuel resolvía con su perspicacia y su instinto de chiquillo vagabundo, convencido de que todos los móviles de la vida son egoístas y bajos. La igualdad entre maestro y ayudante desaparecía desde que Karl se ponía a la boca del horno. Entonces Manuel debía obedecer al alemán sin vacilaciones ni tardanzas.

El único vicio de Karl era la borrachera: continuamente tenía sed; cuando bebía vino y cerveza, marchaba bien; llevaba método en su vida, y las horas libres las pasaba en la plaza de Oriente o en la Moncloa, leyendo los dos tomos que constituían su biblioteca: uno, Las ilusiones perdidas, de Balzac, y el otro, una colección de pesías alemanas.

Estos dos libros, constantemente leídos, comentados y anotados por él, le llenaban la cabeza de preocupaciones y de sueños. Entre los razonamientos amargos y desesperados de Balzac, pero en el fondo llenos de romanticismo, y las idealidades de Goethe y de Heine, el pobre hornero vivía en el más irreal de los mundos. Muchas veces Karl le explicaba a Manuel los conflictos de los personajes de su novela favorita, y le preguntaba cómo se condiciría él en casos semejantes. Manuel encontraba casi siempre una solución tan lógica, tan natural y tan poco romántica, que el alemán quedaba perplejo e intrigado con la claridad de juicio del muchacho; pero luego, pensando otra vez sobre el mismo tema, veía que la tal solución no podía tener valor para sus personajes quintaesenciados, porque el conflicto mismo de la novela no hubiera llegado a existir entre gente de pensamientos vulgares.

  • Baroja, Pío. La Busca. Navarra, España: Salvat, 1970.

Relojes

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27th December 2018

Acababan de dar las doce, de una manera pausada, acompasada y respetable, en el reloj del pasillo. Era costumbre de aquel viejo reloj, alto y de caja estrecha, adelantar y retrasar a su gusto y antojo la uniforme y monótona serie de las horas que va rodeando nuestra vida, hasta envolverla y dejarla, como a un niño en la cuna, en el oscuro seno del tiempo.

Poco después de esta indicación amigable del viejo reloj, hecha con la voz grave y reposada propia de un anciano, sonaron las once, de un modo agudo y grotesco, con una impertinencia juvenil, en un relojillo petulante de la vecindad, y unos minutos más tarde, para mayor confusión y desbarajuste cronométrico, el reloj de la iglesia próxima dio una larga y sonora campanada, que vibró durante algunos segundos en el aire silencioso.

¿Cuál de los tres relojes estaba en lo fijo? ¿Cuál de aquellas tres máquinas para medir el tiempo tenía más exactitud en sus indicaciones? El autor no puede decirlo, y lo siente. (...)

  • Baroja, Pío. La Busca. Navarra, España: Salvat, 1970.

Residuo de la vida urbana

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27th December 2018

Toda aquella tierra negra daba a Manuel una impresión de fealdad, pero al mismo tiempo, de algo tranquilizador, abrigado; le parecía un medio propio para él. Aquella tierra, formada por el aluvión diario de los vertederos; aquella tierra, cuyos únicos productos eran latas viejas de sardinas, conchas de ostras, peines rotos y cacharros desportillados; aquella tierra, árida y negra, constituida por detritus de la civilización, por trozos de cal y de mortero y escorias de fábrica, por todo lo arrojado del pueblo como inservible, le parecía a Manuel un lugar a propósito para él, residuo también desechado de la vida urabana.

Manuel no había visto más campos que los tristes y pedregosos del pueblo de Soria y los más tristes aún de los alrededores de Madrid. No sospechaba que en sitios no cultivados por el hombre hubiese praderas verdes, bosques frondosos, macizos de flores; creía que los árboles y las flores sólo nacían en los jardines de los ricos...

  • Baroja, Pío. La Busca. Navarra, España: Salvat, 1970.

La lidia

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28th December 2018

Sentía rabia contra todo el mundo, contra los demás y contra él. Le pareció el espectáculo una asquerosidad repugnante y cobarde.

El suponía que los toros era una cosa completamente distinta a lo que acababa de ver; pensaba que se advertiría siempre el dominio del hombre sobre la fiera, que las estocadas serían como rayos y que en todos los momentos de la lidia habría algo interesante y sugestivo; y en vez de un espectáculo como él soñaba, en vez de una apoteosis sangrienta del valor y de la fuerza, veía una cosa mezquina y sucia, de cobardía y de intestinos; una fiesta en donde no se notaba más que el miedo del torero y la crueldad cobarde del público recreándose en sentir la pulsación de aquel miedo.

Aquello no podía gustar —pensó Manuel— más que a gente como el Cernicerín, a chulapos afeminados y a mujerzuelas indecentes.

  • Baroja, Pío. La Busca. Navarra, España: Salvat, 1970.

La pureza no es del campo

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1st January 2019

Cuando ella le habló de volver ya a la ciudad, apresuróse él a aceptarlo. Aquella temporada en el campo, entre la montaña y el mar, había sido estéril para sus propósitos. "Me he equivocado —se decía también él—; aquí está más segura que allí, que en casa; aquí parece embozarse en la montaña, en el bosque, como si el mar le sirviese de escudo; aquí es tan intangible como la luna, y entretando este aire de salina filtrado por entre rayos de sol enciende la sangre..., y ella me parece aquí fuera de su ámbito y como si temiese algo; vive alerta y diríase que no duerme..." Y ella a su vez se decía: "No, la pureza no es del campo; la pureza es celda, de claustro y de ciudad; la pureza se desarrolla entre gentes que se unen en mazorcas de viviendas para mejor aislarse; la ciudad es monasterio, convento de solitarios; aquí la tierra, sobre que casi se acuestan, los une y los animales son otras tantas serpientes del paraíso... ¡A la ciudad, a la ciudad!

  • de Unamuno, Miguel. La tía Tula. Navarra, España: Salvat, 1970.

Vivimos solas, hermana

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1st January 2019

Gertrudis tomó la mano de su hermana, con la otra le hizo levantar la frente, leclavó los ojos en los ojos y le dijo:
—Vivimos solas, hermana...
—¿Y el tío?
—Vivimos solas, te he dicho. Las mujeres vivimos siempre solas. El pobre tío es un santo, pero un santo de libro, y aunque cura, al fin y al cabo hombre.
—Pero confiesa...
—Acaso por eso sabe menos. Además, se le olvida. Y así debe ser. Vivimos solas, te he dicho. Y ahora lo que debes hacer es confesarte aquí, pero confesarte a ti misma. ¿Le quieres?, repito.
La pobre Rosa se echó a llorar.

  • de Unamuno, Miguel. La tía Tula. Navarra, España: Salvat, 1970.

Lo que alegra

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1st January 2019

—Pues lo parece...
—Lo parece, sí, pero he llegado a creer que no lo está, porque yo, yo misma, ¿qué te parezco, Carita, triste o alegre?
—Usted, tía...
—¿Qué es eso de usted y de tía?
—Bueno, tú, mamá, tú... pues no sé si eres triste o alegre, pero a mí me pareces alegre...
—¿Te parezco así? ¡Pues basta!
—Por lo menos a mí me alegras...
—Y es a lo que nos manda Dios a este mundo, a alegrar a los demás.
—Pero para alegrar a los demás hay que estar alegre una...
—O no...
—¿Cómo, no?
—Nada alegra más que un rayo de sol, sobre todo si da sobre la verdura del follaje de un árbol, y el rayo de sol no está alegre ni triste, y quién sabe... acaso su propio fuego le consume... El rayo de sol alegra porque está limpio; todo lo limpio alegra... Y esa pobre Manolita debe alegrarte, porque a limpia...

  • de Unamuno, Miguel. La tía Tula. Navarra, España: Salvat, 1970.

Fango que limpia

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1st January 2019

—Bueno, ¡hay que tener ánimo! Pensad bien, bien, muy bien, lo que hayáis de hacer, pensadlo muy bien... que nunca tengáis que arrepentiros de haber hecho algo y menos de no haberlo hecho... Y si veis que el que queréis se ha caído en una laguna de fango y aunque sea en un pozo negro, en un albañal, echaos a salvarle, aun a riesgo de ahogaros, echaos a salvarle..., que no se ahogue él allí... o ahogaos juntos... en el albañal; servidle de remedio, sí, de remedio...; ¿que morís entre légamo y porquerías?, no importa... Y no podréis ir a salvar al compañero volando sobre el ras del albañal porque no tenemos alas, no, no tenemos alas..., o son alas de gallina, de no volar..., y hasta las alas se mancharían con el fango que salpica el que se ahoga en él... No, no tenemos alas, a lo más de gallina...; no somos ángeles..., lo seremos en la otra vida..., ¡donde no hay fango ni sangre! Fango hay en el Purgatorio, fango ardiente, que quema a los que no quisieron lavarse con fango..., sí, con fango... Les queman con estiércol ardiente..., les lavan con porquería... Es lo último que os digo, no tengáis miedo a la podredumbre... Rogad por mí, y que la Virgen me perdone.

Le dio un desmayo. Al volver de él no coordinaba los pensamientos. Entró luego en una agonía dulce. Y se apagó como se apaga una tarde de otoño cuando las últimas razas del sol, filtradas por nubes sangrientas, se derriten en las aguas serenas de un remanso del río en que se reflejan los álamos —sanguíneo su follaje también— que velan a sus orillas.

  • de Unamuno, Miguel. La tía Tula. Navarra, España: Salvat, 1970.

¿Qué saben los escritores amatorios?

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1st January 2019

El amor, sí. ¿Amor? ¿Amor dicen? ¿Qué saben de él todos esos escritores amatorios, que no amorosos, que de él hablan y quieren excitarlo en quien los lee? ¿Qué saben de él los galeotos de las letras? ¿Amor? No amor, sino mejor cariño. Eso de amor ---decíase Ramiro ahora--- sabe a libro; sólo en el teatro y en las novelas se oye el yo te amo; en la vida de carne y sangre y hieso el entrañable ¡te quiero! y el más entrañable aún callárselo. ¿Amor? No, ni cariño siquiera, sino algo sin nombre y que no se dice por confundirse ello con la vida misma. Los más de los cantores amatorios saben de amor lo que de oración los masculla-jaculatorias, traga-novenas y engulle-rosarios. No, la oración no es tanto algo que haya de cumplirse a tales o cuales horas, en sitio apartado y recogido y en postura compuesta, cuanto es un modo de hacerlo todo votivamente, con toda el alma y viviendo en Dios. Oración ha de ser el comer, y el beber, y el pasearse, y el jugar, y el leer, y el escribir, y el conversar, y hasta el dormir, y rezo todo, y nuestra vida un continuo y mudo "hágase tu voluntad", y un incesante "¡venga a nos el tu reino!", no ya pronunciados, mas ni aun pensados siquiera, sino vividos. Así oyó la oración una vez Ramiro a un santo varón religioso que pasaba por maestro de ella, y así lo aplicó él al amor luego. Pues el que profesara a su mujer y a ella le apegaba veía bien ahora en que ella se le fue, que se le llegó a fundir con el rutinero andar de la vida diaria, que lo había respirado en las mil naderías y frioleras del vivir doméstico, que le fue como el aire que se respira y al que no se le siente sino en momentos de angustioso ahogo, cuando nos falta. Y ahora ahogábase Ramiro, y la congoja de su viudez reciente le revelaba todo el poderío del amor pasado y vivido.

Al principio de su matrimonio fue, sí, el imperio del deseo; no podía juntar carne con carne sin que la suya se le encendiese y alborotase y empezara a martillarle el corazón, pero era porque la otra no era aún de veras y por entero suya también; pero luego, cuando ponía su mano sobre la carne desnuda de ella, era como si en la propia la hubiese puesto, tan tranquilo se quedaba; mas también si se la hubiera cortado habríale dolido como si se la cortasen a él. ¿No sintió, acaso, en sus entrañas, los dolores de los partos de su Rosa?

  • de Unamuno, Miguel. La tía Tula. Navarra, España: Salvat, 1970.

Mentira es en balde

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1st January 2019

Porque su amor a la verdad confundíase en ella con su amor a la pureza. Repugnábanle esas historietas corrientes con que se trata de engañar la inocencia de los niños, como la de decirles que los traen a este mundo desde París, donde los compran. "¡Buena gana de gastar el dinero en tonto!" —había dicho un niño que tenía varios hermanos y a quien le dijeron que a un amiguito suyo le iban a traer pronto un hermanito sus padres—. "Buena gana de gastar mentiras en balde" —se decía Gertrudis; añadiéndose—: "toda mentira es, cuando menos, en balde".
—Me han dicho que yo soy hijo de una criada de mi padre; que mi mamá fue criada de la mamá de mis hermanos.
Así fue diciendo un día a casa el hijo de Manuela. (...)

  • de Unamuno, Miguel. La tía Tula. Navarra, España: Salvat, 1970.

Herencia de espíritu

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1st January 2019

¿Herencia? Se transmite por herencia en una colmena el espíritu de las abejas, la tradición abejil, el arte de la melificación y de la fábrica del panal, la abejidad, y no se transmite, sin embargo, por carne y por jugos de ella. La carnalidad se perpetúa por zánganos y por reinas, y ni los zánganos ni las reinas trabajaron nunca, no supieron ni fabricar panales, ni hacer miel, ni cuidar larvas, y no sabiéndolo, no pudieron transmitir ese saber, con su carne y sus jugos, a sus crías. La tradición del arte de las abejas, de la fábrica del panal y el laboreo de la miel y la cera, es, pues, colateral y no de transmisión de carne, sino de espíritu, y débese a las tías, a las abejas que ni fecundan huevecillos ni los ponen. Y todo esto lo sabía Manolita, a quien se lo había enseñado la Tía, que desde muy joven paró su atención en la vida de las abejas y las estudió y meditó, y hasta soñó sobre ella. Y una de las frases de íntimo sentido, casi esotérico, que aprendió Manolita de la Tía y que de vez en cuando aplicaba a sus hermanos, cuando dejaban muy al desnudo su masculinidad de instintos, era decirles: "¡Cállate, zángano!" Y zángano tenía para ella, como lo había tenido para la Tía, un sentido de largas y profundas resonancias. Sentido que sus hermanos adivinaban.

  • de Unamuno, Miguel. La tía Tula. Navarra, España: Salvat, 1970.

Algo así debe ser el cielo

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1st January 2019

—Sí; eso es lo perfecto, una parejita de gemelos..., un chico y una chica que han estado abrazaditos cuando no sabían nada del mundo, cuando no sabían ni que existían; que han estado abrazaditos al calorcito del vientre materno... Algo así debe ser el cielo...

  • de Unamuno, Miguel. La tía Tula. Navarra, España: Salvat, 1970.

Sororidad

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1st January 2019

La observación es que así como tenemos la palabra paternal y paternidad que derivan de pater, padre, y maternal y maternidad, de mater, madre, y no es lo mismo, ni mucho menos, lo paternal y lo maternal, ni la paternidad y la maternidad, es extraño que junto a fraternal y fraternidad, de frater, hermano, no tengamos sororal y sororidad, de soror, hermana. En latín hay sororius, a um, lo de la hermana, y el verbo sororiare, crecer por igual y juntamente.

Se nos dirá que la sororidad equivaldría a la fraternidad, más no lo creemos así. Como si en latín tuviese la hija un apelativo de raíz distinta que el de hijo, valdría la pena de distinguir entre las dos filialidades.

Sororidad fue la de la admirable Antígona, esta santa del paganismo helénico, la hija de Edipo, que sufrió martirio por amor a su hermano Polinices, y por confesar su fe de que las leyes eternas de la conciencia, las que rigen en el eterno mundo de los muertos, en el mundo de la inmortalidad, no son las que forman los déspotas y tiranos de la tierra, como era Creonte.

(...)

Antígona, la anarquista, según su tío, el tirano Creonte, modelo de virilidad, pero no de humanidad; Antígona, hermana de su padre Edipo, y, por lo tanto, tía de su hermano Polinices, representa acaso la domesticidad religiosa, la religión doméstica, la del hogar, frente a la civilidad política y tiránica, a la tiranía civil y acaso también la domesticación frente a la civilización. Aunque ¿es posible civilizarse sin haberse domesticado antes? ¿Caben civilidad y civilización donde no tienen como cimientos domesticidad y domesticación?

Hablamos de patrias y sobre ellas de fraternidad universal, pero no es una sutileza lingüística el sostener que no pueden prosperar sino sobre matrias y sororidad. Y habrá barbarie de guerras devastadoras, y otros estragos, mientras sean los zánganos, que revolotean en torno de la reina para fecundarla y devorar la miel que no hicieron, los que rijan las colmenas.

¿Guerras? El primer acto guerrero fue, según lo que llamamos Historia Sagrada, la de la Biblia, el asesinato de Abel por su hermano Caín. Fue una muerte fraternal, entre hermanos; el primer acto de fraternidad. Y dice el Génesis que fue Caín, el fraticida, el que primero edificó una ciudad, a la que llamó el nombre de su hijo —habido en una hermana— Henoc. (??Gén.,IV,17??.) Y en aquella ciudad, polis, debió empezar la vida civil, política, la civilidad y la civilización. Obra, como se ve, del fraticida. Y cuando, siglos más tarde, nuestro Lucano, español, llamó a las guerras entre César y Pompeyo plusquam civilia, más que civiles —lo dice en el primer verso de su Pharsalia— quiere decir fraternales. Las guerras más que civiles son fraternales.

  • de Unamuno, Miguel. La tía Tula. Navarra, España: Salvat, 1970.

Eva huérfana de humanidad

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1st January 2019

"(...) Huérfana también murió Eva...", pensaba Gertrudis. Y luego: "¡No; tuvo a Dios de padre! ¿Y madre? Eva no conoció madre... ¡Así se explica el pecado original!... ¡Eva murió huerfana de humanidad!" Y Eva le trajo el recuerdo del relato del Génesis, que había leído poco antes, y cómo el Señor alentó al hombre por la nariz soplo de vida, y se imaginó que se la quitase por manera análoga. Y luego se figuraba que a aquella pobre hospiciana, cuyo sentido de la vida no comprendía, le quitó Dios la vida de un beso, posando sus infinitos labios invisibles, los que se cierran formando el cielo azul, sobre los labios, azulados por la muerte, de la pobre muchacha, y sorbiéndole el aliento así.

  • de Unamuno, Miguel. La tía Tula. Navarra, España: Salvat, 1970.

A la regeneración del calzado

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3rd January 2019

En el piso bajo de la casa, en la parte que daba a la calle del Aguila, había una cochera, una carpintería, una taberna y la zapatería del pariente de la Petra. Este establecimiento tenía sobre la puerta de entrada un rótulo que decía:

"A LA REGENERACIÓN DEL CALZADO"

El historiógrafo del porvenir seguramente encontrará en este letrero una prueba de lo extendida que estuvo en algunas épocas cierta idea de regeneración nacional, y no le asombrará que esa idea, que comenzó por querer reformar y regenerar la Constitución y la raza española, concluyera en la muestra de una tienda de un rincón de los barrios bajos, en donde lo único que se hacía era reformar y regenerar el calzado.

Nosotros no negaremos la influencia de esa teoría regeneradora en el dueño del establecimiento A la regeneración del calzado; pero tenemos que señalar que este rótulo presuntuoso fue puesto en señal de desafío a la zapatería de enfrente, y también tenemos que dar fe de que había sido contestado por otro aún más presuntuoso.

Una mañana, los de A la regeneración del calzado se encontraron anonadados al ver el rótulo de la zapatería rival. Se trataba de una hermosa muestra de dos metros de larga, con este letrero:

"El LEÓN DE LA ZAPATERÍA"

Esto aún era tolerable; pero lo terrible, lo aniquilador, era la pintura que en medio ostentaba la muestra. Un hermoso león amarillo con cara de hombre y melena encrespada, puesto de pie, tenía entre las garras delanteras una bota, al parecer de charol. Debajo de la pintura se leía lo siguiente: La romperás, pero no la descoserás.

Era un lema abrumador: ¡Un león (fiera) tratando de descoser la bota hecha por el León (zapatería), y sin poderlo conseguir! ¡Qué humillación para la fiera! ¡Qué triunfo para la zapatería! La fiera, en este caso, era A la regeneración del calzado, que había quedado, como suele decirse, a la altura del betún.

Además del rótulo de la tienda del señor Ignacio, en uno del los balcones de la casa grande había un busto de mujer, de cartón probablemente, y un letrero debajo: Perfecta Ruiz; se peinan señoras; a los lados del portal, en la pared, colgaban varios anuncios, indignos de llamar la atención del historiógrafo antes mencionado, y en los cuales se ofrecían cuartos baratos con cama y sin cama, memorialistas y costureras. Sólo un cartél, en donde estaban pegados horizontal, vertical y oblicuamente una porción de figurines recortados, merecía pasar a la historia por su laconismo; decía:

"MODA PARISIÉN. ESCORIHUELA, SASTRE"

Manuel, que no se había tomado el trabajo de leer estos rótulos, entró en la casa por una puertecilla que había al lado del portalón de la cochera, y siguió por un corredor hasta un patio muy sucio.

(...)

A esto había descendido A la regeneración del calzado: a justificar el título de una manera bastante distinta de la pensada por el que lo puso.

El señor ignacio, maestro de la obra prima, había tenido necesidad, por falta de trabajo, de abandonar la lezna y el tirapié para dedicarse a las tenazas y a la cuchilla; de crear, a destruir; de hacer botas nuevas, a destripar botas viejas. El contraste era duro, pero el señor Ignacio podía consolarse viendo a su vecino, el de El león de la zapatería, que sólo de Pascuas a Ramos tenía alguna mala chapuza que hacer.

  • Baroja, Pío. La busca. Navarra, España: Salvat, 1970.

Oficios de los pueblos

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5th January 2019

Una golondrina cruza rauda; se oye el susurro de una fuente, y de cuando en cuando el ruido de un viejo telar rompe el silencio con su traqueteo rítmico. El pueblo era antaño famoso por sus telares: Etait jadis importante —dice el Baedeker— pour ses tissanderies. Poco a poco los antiguos pelaires y tejedores han ido desapareciendo; las máquinas gigantescas y despiadadas han matado a los lentos y patriarcales artefactos, y hoy, sólo en alguna escondida calleja desierta y silenciosa, se escucha al pasar el trac-trac de un venerable telar que vive agazapado en un zaguán y nos habla con su voz centenaria...

Yo he escrito en otras varias ocasiones sobre todos estos oficios clásicos de los pueblos: los fragüeros, los tundidores, los correcheros, los peltreros, los zurradores; algo como el alma de las viejas ciudades, laborada a través de los siglos, alienta en sus talleres. No busquéis el espíritu de la historia y de la raza en los monumentos y en los libros: buscadlo aquí; entrad en estos obradores; oíd las palabras toscas y sencillas de estos hombres; ved cómo forjan el hierro, o cómo arcan las lanas, o cómo labran la madera, o cómo adoban las pieles. Un mundo desconocido de pequeños hechos, relaciones y tráfagos, aparecerá ante vuestra vista, y por un momento os habréis puesto en contacto con las células vivas y palpitantes que crean y sustentan las naciones.

  • Azorín. "El doctor Dekker está satisfecho". Tiempos y cosas. Navarra, España: Salvat, 1970.

El labriego y Madrid

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6th January 2019

El labriego ha observado que todos estos señores que son diputados, o que quieren serlo, viven en Madrid; que van a Madrid de cuando en cuando; que de allí vienen órdenes y cartas que suelen producir rumores y hablillas en el pueblo durante unos días, y que a consecuencia de estas idas y venidas, cartas y órdenes, los alcaldes se mudan, los consumos pasan de unas manos a otras, y unos hombres que antes estaban lejos de la alcaldía comienzan a hacer en ella los mismos chanchullos y desavíos que hasta ese momento habían realizado los otros... Y ya el dilema, formidable, se va simplificando más y más; para el labriego solo existen dos términos fundamentales: el pueblo, que es donde vive él y donde trabaja, y Madrid, que es donde viven todos estos señores que no trabajan y a los que acuden los señores del pueblo. El antagonismo entre los dos términos está ya claro. Los ingenuos que crean que el catalanismo es cosa de comités, círculos, sociedades y manifiestos pueden apearse de su error: existe en toda España, en el pueblo bajo, en la célula, un rencor latente y sordo contra la burocracia y la política, encarnadas en Madrid.

  • Azorín. "El doctor Dekker está satisfecho". Tiempos y cosas. Navarra, España: Salvat, 1970.

Un inglés no se equivoca nunca

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6th January 2019

Hemos llegado. Un coche nos conduce por una empinada carretera llena de hoyos y desniveles; el doctor Dejjer y yo saltamos y chocamos violentamente en nuestros asientos. El insigne doctor desborda a cada salto de alegría. ¿Comprendéis su profunda satisfacción? Un inglés no se equivoca nunca: esta es una máxima infalible, y el doctor Dekker acaba de comprobar sobre el terreno que la Enciclopedia Británica (volumen XXV) es justa cuando, hablando de los caminos de esta tierra, afirma lo siguiente: The roads are not in very good condition. Un inglés no se equivoca nunca. ¿Os formáis ya idea del paradójico regocijo del ilustre doctor cada vez que la marcha sinuosa del coche le hace dar un desagradable testarazo?

  • Azorín. "El doctor Dekker está satisfecho". Tiempos y cosas. Navarra, España: Salvat, 1970.

Hay una nueva belleza

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7th January 2019

Todo tiene su valor estético y psicológico: los conciertos diminutos de las cosas son tan interesantes para el psicólogo y para el artista como las grandes síntesis universales. Hay una nueva belleza, un nuevo arte en lo pequeño, en los detalles insignificantes, en lo ordinario, en lo prosaico; los tópicos abstractos y épicos que hasta ahora los poetas han llevado y traído ya no nos dicen nada; ya no se puede hablar con enfáticas generalidades del campo, de la Naturaleza, del amor, de los hombres; necesitamos hechos microscópicos que sean reveladores de la vida y que, ensamblados armónicamente, con simplicidad, con claridad,,nos muestren la fuerza misteriosa del Universo, esta fuerza eterna, profunda, que se halla lo mismo en las populosas ciudades y en las Asambleas donde se deciden los destinos de los pueblos que en las ciudades oscuras y en las tertulias de un Casino modesto, donde D. Joaquín nos cuenta su prosaico paseo de esta tarde.

  • Azorín. "Confesión de un autor". Tiempos y cosas. Navarra, España: Salvat, 1970.

Las cosas en su síntesis diaria

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7th January 2019

Ya han sonado allá abajo, en la iglesia, las primeras campanadas graves, profundas, de misa mayor; las herrerías ya están cantando; un gallo cacarea a lo lejos con un grito fino, metálico; el carpintero golpea de tarde en tarde con su mazo sonoro. Este es el momento en que todos los ruidos, todas las luces, todas las sombras, todos los matices, todas las cosas de la ciudad tornan a entrar, tras la tregua de la noche, en su armoniosa síntesis diurna. ¿No sentís vosotros esta concordancia secreta y poderosa de las cosas que nos rodean? ¿No veis en esta pequeña ciudad una vida tan intensa, tan bella como la de las más grandes y tumultuosas urbes del mundo?

  • Azorín. "Confesión de un autor". Tiempos y cosas. Navarra, España: Salvat, 1970.

Resto de amor a la lectura

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8th January 2019

Yo, pequeño filósofo, amo observar las calles, las tiendas, los interiores, los mercados, los talleres, el ir y venir de los transeúntes, los gritos, los gestos, la manera de andar; yo voy marchando por las calles lentamente, apoyado en mi bastón o en mi paraguas. Cuando se va llegando a cierta edad en la vida, cuando hemos pasado largos años de juventud sobre los libros —millares de libros— y vemos que los libros dicen casi todos lo mismo, entonces —si el espíritu de curiosidad se mantiene vivo en nosotros— comenzamos a sentir un íntimo placer en la observación de las cosas triviales, diarias, prosaicas de la existencia, y, aun observando un resto de amor a la lectura, todo ese espíritu de curiosidad que antes hemos empleado en la letra impresa lo llevamos ahora a los gestos y las palabras vivas. Y entonces también, ya calmados un poco por los años, ya un poco desencantados de las sabidurías humanas, ya casi libres de las ilusiones de nuestra juventud, principamos a ver en su verdadera luz a los hombres, y vamos descubriendo la complicada y honda raigambre de las acciones humanas, y cómo todo se encadena en el vivir, y es fatal y es ineludible. Y entonces tal vez acaban de disiparse nuestros odios, nuestros rencores, nuestras indignaciones o nuestros entusiasmos de la mocedad. Y acaso queda como sedimento en el espíritu una ironía indulgente o amarga, o un desprecio suave.

  • Azorín. "Para amigos y enemigos". Tiempos y cosas. Navarra, España: Salvat, 1970.

El espíritu se agiganta

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8th January 2019

Y en este sosiego provinciano, ante las mismas caras siempre, ante el mismo paisaje siempre, vuestro espíritu va divagando por las regiones del ensueño, y vuestro yo se crece, se aísla, se agiganta, se desborda hasta en vuestros menores piques y obras...

  • Azorín. "La psicología de Pío Cid". Tiempos y cosas. Navarra, España: Salvat, 1970.

Pío Cid no puede renunciar a la razón

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8th January 2019

Y de este modo, todo su mundo es interno, es decir, todo el mundo es él mismo. «Me enamora sobre todo la vida del espíritu», dice él. Hace doscientos o trescientos años, Pío Cid hubiese sido un predicador incansable y ardoroso, como Juan de Ávila, o hubiera escrito inflamados tratados místicos, como Granada; hoy le falta lo esencial, lo indispensable, para ser una y otra cosa; es decir, le falta la fe. «Si queremos ser cristianos —decía en su Catecismo el arzobispo toledano Bartolomé Carranza, con palabras que son una formidable crítica del dogma—; siqueremos ser cristianos, es necesario, para nuestra navegación en la mayor parte de la vida, perder este norte de la razón y navegar por la fe y reglar nuestras obras por ella, especialmente en cosas que conciernen a la religión y a sacramentos cristianos.» ¿Se puede en el siglo XX renunciar al norte de la razón tan fácil e impunemente como tal vez pudiera hacerse en el XVI? No, de ningún modo. Pío Cid no puede renunciar a la razón, y, sin embargo, experimenta la necesidad de la fe. Y ¿cómo este hombre, que tiene toda la recia contextura de un místico, que posee su misma mentalidad, que lleva la misma vida interior; cómo este hombre vive, cómo no es devorado por su misma ansia irrealizada e irreducible?

Y yo satisfaré vuestras preguntas diciendo que cuando estas ansias de fe se sienten y no se pueden aplacar derechamente, el espíritu forcejea y desvaría, buscando sustituciones y conciliaciones más o menos eficaces y estables. (...)

  • Azorín. "La psicología de Pío Cid". Tiempos y cosas. Navarra, España: Salvat, 1970.

Patriotismo del aburrimiento

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10th January 2019

Para el señor Mantz, Inglaterra nunca peleaba más que por justicia y por el bien, nunca había defendido una mala causa, y, como es lógico, habiendo Providencia, siempre sin excepción vencía a los demás países. Para el señor Mantz, Inglaterra era como el brazo de Dios, la defensora nata del derecho divino y humano.

Mi padre solía decir con sorna comentando las opiniones de Mantz:

—No. Si es verdad. ¡Si yo creo que el señor Mantz tiene razón! Inglaterra siempre defiende el derecho. Es cosa que no se puede negar. Ahora que cuando puede apoderarse de algo se apodera, y en esos momentos no le parece oportuno defender el derecho. Pero cuando no puede apoderarse de nada, ¡entonces hay que ver a Inglaterra defendiendo el derecho con entusiasmo, sobre todo si se puede impedir que otro país siguiendo sus prácticas se quede con algo!

Yo creo que en esto mi padre tenía razón; pero, por otra parte, tampoco me parece mal que la gente que está en los comercios y no tiene otra diversión sea patriota.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Lo atractivo de Vladimir

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10th January 2019

Luego Vladimir tomó la palabra: hablaba maravillosamente, tenía una elocuencia y una fecundia avasalladoras. Además, había en él un fervor por las ideas generosas y humanitarias que se comunicaba a los demás. Yo le contemplaba con atención. Me recordaba algo a mi padre. Una parecida exuberancia y la misma facilidad de expresión.

—¿No sería también un farsante? —me preguntaba.

No he visto jamás un hombre que tuviera mayor atractivo.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Razas inferiores

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10th January 2019

El señor Mantz estaba empleado en una casa de comercio de la City. Era hijo de alemanes, pero se sentía el inglés más inglés de Inglaterra.

El señor Mantz era una excelente persona en todo, menos tratándose de cuestiones patrióticas, porque entonces se transformaba y se convertía en una fiera y no quería más que guerras, fusilamientos y barbaridades.

A mi padre le guardaba rencor por una frase imprudente que le había oído.

Un día un joven ingeniero llegado de la India contaba en el salón que allá, aun en el campo y en los parajes más apartados, el empleado inglés de noche se pone el frac para presentarse a la mesa.

—Hace bien —dijo Mantz secamente—; esto lo hace para distinguirse de las razas inferiores.

—¿A quiénes llama este señor inferiores? —preguntó mi padre con aire impertinente—, ¿a los infios o a los ingleses?

Mantz, que lo entendió, volvió la espalda y no dirigió más la palabra a mi padre. Desde entonces, siempre que le veía le miraba como si se tratara de un mueble. En cambio, por mí manifestaba bastante simpatía.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Revolucionarios ajenos

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10th January 2019

—Pues yo no veo que esta gente sea tan entusiasta de los revolucionarios —dije yo.

—Lo son, ¡ya lo creo! Los ingleses son entusiastas frenéticos de los revolucionarios de los demás países; pero no de los suyos. Un enemigo del zar, del emperador Guillermo o de un rey de cualquier parte, tiene siempre aquí grandes simpatías.

—¿Y por qué esta diferencia entre los rebeldes suyos y los ajenos?

—Por una razón muy sencilla: ellos creen, y en parte se acercan a la verdad, que los gobiernos de Europa son todos abominables, menos el suyo. Así, un revolucionario alemán, español o ruso es un descontento lógico; en cambio, un revolucionario inglés es un hombre absurdo.

—¡Ah! Vamos, sí, se comprende.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Las fuentes de la riqueza

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10th January 2019

—Es grandioso todo esto —exclamó Iturrioz de nuevo.

—Sí, es verdad —dije yo,

—Y tiene además —añadió él— el aire tranquilizador del pueblo en el que se ve claramente el manantial del dinero. Es todo lo contrario de Madrid. Allí se ve gente elegante, bien vestida, coches, caballos... ¿De dónde sale aquello? Es un misterio. En España todas las fuentes de la riqueza son turbias.

—Aquí ocurrirá lo mismo —dijo mi padre.

—Por lo menos, todo esto es claro —repuso Iturrioz señalando la orilla del Támesis.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Mendigos en el parque

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10th January 2019

—Miren ustedes esas señoras, ¡qué indiferentes pasan entre los mendigos! —exclamó mi padre.

—Sí, estas grullas de Londres no son muy sentimentales —dijo riendo Roche.

—Pues debe ser fastidioso pasear llena de joyas en medio de esos desarrapados —añadí yo.

—Ya ven ustedes —repuso mi padre—; a pesar de que ustedes dicen que todos los países son iguales, en España no se dejaría a estos vagabundos tirados en el parque.

—¿Pues qué harían con ellos? —preguntó Roche.

—Probablemente, meterlos en la cárcel.

—Nosotros somos más humanos; los dejamos morirse de hambre. Hay que tener en cuenta una cosa: que en otros lados la pobreza es una desgracia; aquí es una vergüenza. El inglés quiere creer que su sociedad está tan bien organizada, que el que no sube y se enriquece es porque no vale. Es una idea ridícula, pero así lo creen ellos.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

La ficción social

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10th January 2019

Siguieron mi padre y Roche discutiendo y comparando a los ingleses con los españoles.

—A mí —terminó diciendo mi padre— en Inglaterra me molestan las ideas y en España los hombres.

—Sí; en España —dijo Roche— es difícil notar ideas sociales, generales. Yo creo que no las hay.

—O quizás no hay preocupaciones —contestó mi padre.

—Es igual —repuso el escocés—. La sociedad es una ficción sostenida por una serie de ficciones. Allí no existe la ficción social; la ley es una cosa que está fuera de las conciencias. Está bien; si detrás de ese nihilismo queda el hombre, España siempre será algo; ahora, si no hay nada...

—Yo creo que hay.

—¡Psé! Es posible. Aquél es un país anárquico por naturaleza —dijo Roche—; pero de un anarquismo débil. Allí todo está en lucha constante; los pájaros riñen en el campo, los gatos se arañan, los chicos se pegan, pero todos se cansan pronto. Mire usted aquí estos gorriones qué respetables son; no me chocaría nada que tuvieran un club y sus horas fijas para acostarse. Son gorriones civilizados.

—Y sin embargo, ustedes y sus gorriones han llegado más tarde a la civilización que nosotros —dijo mi padre.

—Sí, pero con unas condiciones de suelo y de clima ideales. La civilización primaria, imaginativa y contemplativa, tenía que desenvolverse en climas calientes y húmedos, en donde abundaran cereales y substancias con almidón y azúcar. La civilización industrial, científica, necesariamente tiene que tener su expansión en climas como el de Inglaterra. Aquí la naturaleza es en parte enemiga, pero se entrega pronto, y el hombre, viendo la eficacia de su esfuerzo, se hace en seguida un hombre de acción. La tierra le da el sentimiento de su energía y el sentimiento de su triunfo.

—Y sin embargo, las diferencias que hay entre España e Inglaterra, en el fondo, no deben ser muy grandes —dije yo.

—La diferencia mayor es el clima y la riqueza —replicó Roche—. Las ideas no tienen importancia alguna. Las ideas son el uniforme vistoso que se les pone a los sentimientos y a los instintos. Una costumbre indica mucho más que el carácter de un pueblo que una idea.

—Y con relación a las costumbres, ¡cuántas cosas que no son verdad se dicen! —exclamé yo—. (...)

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Un Támesis para España

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10th January 2019

—Qué hermoso, ¿eh? —exclamó Iturrioz.

—¿Te gusta de veras? —preguntó asombrado papá—. A mí este río me parece una gran alcantarilla; bilis y carbón.

—¡Ca, hombre; si esto es admirable! ¡Si en Madrid hubiera un río así, ya estaba resuelto el problema de España! —exclamó Iturrioz.

—¿Cree usted? —dije yo.

—Con seguridad.

—¿Y por qué?

—Pon tú la capital de España a esta altura sobre el nivel del mar, con esta atmósfera pesada y húmeda, con río así, y en poco tiempo la gente de allá, en vez de irritable y nerviosa como es, se haría tranquila y equilibrada. El pueblo aumentaría de tamaño rápidamente, crecerían los árboles en sus alrededores, crecería la hierba, y las miradas de los madrileños, en vez de ser intensas y fuertes, se harían vagas y dulces. Los madrileños no tendrían como ahora los nervios excitados por el clima áspero y seco, no serían tan vivos ni harían chistes, estarían más tranquilos, y su inteligencia, más pesada, sería más fecunda. La gente de buena voluntad estudiaría las necesidades del país y desaparecería en las provincias el odio a la capital. Se entraría en un café o en un sitio público y no nos miraríamos como nos miramos allí todos, con odio. Madrid sería para España lo que es Londres para Inglaterra, y España estaría bien.

—De manera que con un poco más de humedad y un poco menos de altitud, el problema estaría resuelto —dije yo.

—Con seguridad.

—Y la gente mientras tanto sigue pensando en que para arreglar España es necesaria la influencia de Dios o la del socialismo —exclamó papá burlonamente.

—Gente supersticiosa —murmuró Iturrioz— que cree que las ideas y los discursos tienen un valor real, de esos que quisieran abrir una ostra tan grande como el mundo con una palabrita persuasiva.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Ideal de disciplina

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11th January 2019

—Es que hay aquí un ambiente de aburrimiento terrible. Con sus ideas religiosas y conservadoras le van a convertir a uno en un idiota. ¡Qué país! Yo creo que vale más vivir en un rincón de Marruecos que no estar metido dentro de este charco, en donde se masca el aburrimiento más desesperante.

—¡Pero, papá, ahora no es cuestión de quejarse! Tú quisiste venir...

—Sí, ya lo sé. Yo creí que era otra cosa; pero es un pueblo estólido y antipático. Aquí, la idea de categoría lo rige todo: categorías de hombres, de mujeres, de vinos, de frutas, de juegos, de sport. ¡Un pueblo que tiene un ideal de disciplina y de orden! ¡Qué cosa más repugnante!

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

El camino tortuoso

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11th January 2019

Yo insinué que quizás sus diferencias fueran pasajeras; pero Roche aseguró rotundamente que no, y comenzó a hablar de su mujer con amargura, pintándola como desprovista de todo sentido de justicia y de bondad.

—Yo no creo que sea mala —dije yo.

—¡Oh! Usted no la conoce. Mi mujer es todo vanidad, soberbia y egoísmo monstruoso. Gozar, mandar, triunfar, humillar a las demás mujeres... ¿Medios? Todos son buenos.

—El camino tortuoso —dije yo.

—Sí, el camino tortuoso —añadió Roche—; y esto no es lo peor de su carácter.

—¡Qué lástima! —exclamé yo.

—Crea usted —repuso él—;cuando en una mujer se une el afán de los placeres con el afán de figurar, de prosperar socialmente, se convierte en una cosa estúpida y bestial, en una mezcla de fregona, de cortesana, de cómica y de agente de negocios que es sencillamente repulsiva. Todas esas mundanas de París, de Londres y de Nueva York valen menos sentimentalmente y hasta intelectualmente que la mujer de un bosquimano o aun que la hembra del orangután. Sólo a algunos escrituroes idiotas se les ocurre alabar como un producto refinado, civilizado y completo a estas mujeres ansiosas. Es ridículo. Creen que estas damas son espirituales porque llevan trajes lujosos y magníficos sombreros, y en el fondo ¿sabe usted lo que son?

—¿Qué?
—Pues un producto similar a esos viajantes de comercio intrigantes y crapulosos de quienes todo el mundo se ríe. Mi mujer tiene la misma mentalidad que un barítono italiano o que un comisionista ambicioso de Marsella.
Yo creo que en el fondo Roche tenía razón, pero no me pareció oportuno decírselo.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Ahora el autor...

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12th January 2019
AHORA EL AUTOR...

Ahora el autor, al tomar la pluma de su heroína y seguir escribiendo, quisiera poder resarcir a sus lectores de las descripciones pesadas y de las disgresiones insignificantes, dándoles una impresión de claridad y de fuerza, de serenidad y de confianza en la vida, como cualquier escritor del Renacimiento. (...)

EL LAMENTO DEL FOLLETINISTA

Pero ¿cómo dar a todas estas viejas figuras, a todas estas viejas imágenes, su brillantez y su entonación primera? El sol de la vida artística resulta extinguido y su paleta no sabe pintar como antaño con la misteriosa alquimia de sus colores los hombres y las cosas; las pasiones se han convertido en instintos o en tonterías; las flores de la retórica se han marchitado y huelen sólo a pintura rancia; la frase más original sabe a lugar común, y los adoradores de la antigua Grecia quieren restaurar el espíritu helénico con Partenones de cartón de una perfección grotesca.

Ya casi no hay hombres buenos ni malos, ni traidores por vocación, ni envenenadores por capricho. Hemos descompuesto al hombre, al conjunto de mentiras y verdades que antes era el hombre, y no sabemos recomponerle. Nos falta el cemento de la fe divina o de la fe humana, para hacer con estos cascotes una cosa que parezca una estatua. Hemos perdido la ilusión por este monillo que se llama a sí mismo sapiente, y en vez de maravillarnos su actitud, a pesar de su ciencia, a pesar de su genio, a pesar de sus atrevimientos, nos inspira una profunda lástica cuando no nos da risa. Nos hemos acostumbrado a tutear a los dioses, a los reyes y a los héroes. Hemos jubilado todo lo maravilloso. ¡Oh, magníficos dioses de mármol, circunspectos y graves, adustos santos de piedra, imágenes en talla de beatos y de venerables con peana dorada y ojos de cristal! Ya no servís más que para decorar los rincones de las tiendas de antigüedades. Sentimos hoy el mismo fetichismo que ayer, pero lo consideramos como una vergüenza. Somos demasiado sabios y demasiado viejos para sentirnos cándidos, orgullosos y altivos; así nuestra existencia es humilde y cómica. Somos pequeños bufones, envenenados por la sociedad, por esta sociedad a la que descompondremos riendo, mientras no podamos darle el golpe de gracia hundiéndole la más afilada aguja impregnada en la toxina más venenosa, en medio del corazón. Hoy el porvenir y aun el presente es de los profesores socialistas, de los que saben, cuentan, miden, hacen estadísticas y discurren, al parecer, con la cabeza.

ENVÍO Y DISCULPA

Así pues, viejo pajarraco del individualismo anarquista y romántico, ave de presa sin pico y sin garras, con las plumas apolilladas, las alas paralíticas y el estómago dispépsico, que no sabes volar como las águilas ni desgarrar como los buitres, estás de sobra. Retírate a tu agujero o cataloga tu momia en las vitrinas de un museo arqueológico...

No; seguramente el autor no tiene la culpa de no poder dar a sus lectores una impresión de claridad y de fuerza, de serenidad y de confianza en la vida como el más modesto narrador del Renacimiento.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Pensar en el porvenir

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22nd January 2019

Vladimir recordó a los mujicks de Rusia que, según dijo, dormían borrachos sobre la nieve con una temperatura de veinte grados bajo cero.

—Esta gente, como aquella —añadió—, se deja llevar por la vida de una manera brutal.

—Quizás sea lo mejor —repuso Natalia.

—Viven al día —dijo Vladimir—, gastan lo que tienen y no ahorran. Al menos el cuidado del porvenir no les martiriza.

—Yo les admiro —exclamó Natalia con vehemencia—;¿y tú, María?}—Yo, a pesar de tus entusiasmos, creo que hay que pensar en el porvenir.

—¡Oh, qué española más juiciosa tengo por amiga! —dijo burlonamente Natalia.

—Tiene razón —replicó Vladimir—. Esta gente bebe por desesperación, por falta de ideal. Sería mucho mejor para ellos que se trazaran un camino, ahora que en el estado en que viven, preocuparse del porvenir sería para ellos un suplicio nuevo.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Renacimiento de la esperanza

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23rd January 2019
RENACIMIENTO DE LA ESPERANZA

Hay en nosotros un impulso siniestro, que sale a flote en los momentos tempestuosos, de ira o de cólera, de desesperación o de tristeza, que nos arrastra a destruir con saña lo que está fuera o lo que está dentro de nuestro espíritu.

Este impulso, leñador gigante, tiene el brazo de titán y la mano armada de un hacha poderosa. El árbol de la esperanza crece siempre mientras la vida se desarrolla;el terrible leñador tiene obra siempre; su hacha es implacable, y caen bajo los golpes de su filo las ramas viejas y los retoños nuevos.

Las ilusiones vagas, las ilusiones definidas, la rabia por creer y la rabia por dudar, se suceden en nosotros; y cuando ya no hay más que oscuridad y tinieblas en nuestra alma, cuando vemos que la fatalidad, como un meteoro, en cada día y en cada hora se cierne sobre nuestras cabezas; entonces esa fatalidad se convierte también en esperanza, y cae bajo el hacha del leñador sombrío.

Y pensamos a veces:

«Si vamos por la vida como las ramas de los árboles van por el río después de grandes lluvias, ¿quién sabe si un horizonte sereno nos sonreirá?»

No nos detendremos en ningún remanso; el cielo está negro, el sol ha muerto, las estrellas se han apagado; no nos quedará más que el vivir, el inútil funcionamiento de nuestros órganos. Desde nuestro huerto talado no veremos más que el paisaje lleno de nieve y los cuervos dispuestos a lanzarse sobre nuestra carroña. No, nos quedará más.

Veremos que la humanidad es una cosa inútil, un juego incomprensible de la vida, un resplandor que comenzó en un gorila y acabará extinguiéndose en el vacío.

Veremos que el porvenir del hombre y de sus hijos es danzar siglos y siglos por el espacio convertido en ceniza, en una piedra muerta como la Tierra, y después disolverse en la materia cósmica.

....................

Y cuando el horizonte de la vida aparezca desnudo y seco, cuando no quede ni una rama joven ni un retoño nuevo, cuando el terrible leñador haya terminado su obra, entonces la esperanza volverá a brillar como una aurora tras de las negruras de una noche tempestuosa, y sentiremos la vida interior clara y alegre.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

María cansada

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23rd January 2019

—¿Pero cómo se explica usted, doctor —le preguntó Natalia a Iturrioz—, que María, tan valiente como es, sólo por una cosa así haya quedado tan abatida? Yo hubiera llorado un día o dos, pero creo que pronto lo hubiera olvidado todo.

—¡Ah! Es que usted —dijo Iturrioz— es un magnífico ***specimen*** de una raza joven, fresca, en la que la energía de la vida tiene una gran elasticidad, y nosotros somos viejos, nuestra raza ha vivido demasiado, y tenemos ya hasta los huesos débiles.

—¡Qué cosas más desagradables dice usted, doctor!

—No, no es la verdad; María es una muchacha enérgica.

—Sí; pero ha estado haciendo un esfuerzo superior a sí misma, y al fin se ha rendido. Nosotros, la gente del Mediodía, no podemos desarrollar una cantidad de trabajo tenaz y constante: primero, porque la raza está cansada y el caudal de vitalidad que ha llegado a nosotros ha venido exhausto; luego, porque somos máquinas de menos gasto, y por lo tanto de menos producto.

—Sí, será verdad; pero me choca lo ocurrido a María, porque con un poco de imaginación… —dijo Natalia.

—Los españoles, no tenemos imaginación —afirmó rotundamente Iturrioz.

—¿Ni fuerza ni imaginación? —preguntó la rusa burlonamente.

—Ni una cosa ni otra. Además, estamos aplastados por siglos de historia que caen sobre nuestros hombros como una losa de plomo. Nuestras pobres mujeres necesitarán muchos ensayos, muchas pruebas para emanciparse, para ser algo y tener personalidad. ¡Y aun así! Ya ve usted, María es un ensayo de emancipación que fracasa.

Natalia no hacía mucho caso de las generalizaciones filosóficas de Iturrioz, pero seguía al pie de la letra sus prescripciones médicas.

A la semana de la crisis, María comenzó a levantarse y se fueron mitigando sus melancolías.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Transformándose en optimismo

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23rd January 2019

Roche estaba muy contento y decidor; hombre que había vivido con una mujer orgullosa y seca, que no había pensado más que en mortificarle con sus frases y en gastar todo el dinero posible, al encontrarse con Natalia, que sentía por él un entusiasmo y una confianza extraordinarios, se hallaba absorto. Su filosofía escéptica iba transformándose en un optimismo algo infantil, cándido y risueño. Así como la desgracia hace discurrir más, la felicidad quita todo deseo de análisis; por eso es doblemente deseable.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Hay que ser inmoral

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23rd January 2019
HAY QUE SER INMORAL

Una tarde hablaban Iturrioz y María de su vida y del giro que habían tomado sus asuntos.

—Ya ve usted, he tenido mala suerte —dijo María.

—¿Mala suerte? No —contestó Iturrioz.

—Todo me ha salido mal —exclamó ella con un despecho infantil.

—¿Que te ha salido todo mal? No, hija mía. ¿Qué quieres tú? ¿Tener una personalidad y ser feliz como las que no la tienen? ¿Discurrir libremente, gozar del espectáculo de la propia dignidad y además ser protegida? ¿Ser niña y mujer al mismo tiempo? No, María. Eso es imposible. Hay que elegir. ¿Quieres ser el pájaro salvaje que busca sólo su comida y su nido? Pues hay que luchar contra el viento y contra las tempestades. Además, ¿quieres depender de ti misma? Tienes que abandonar una moral buena para una señorita de provincia.

—¿Por qué?

—Porque sí. Esa vieja literata que te dijo, cuando pretendiste ser su secretaria: «No ha tenido usted amantes, no me sirve usted», no creas que discurría torpemente, no. Era para ella éste el grado de tu moralidad. Ella pensó: «¿No ha tenido amantes porque es honrada?, no me conviene; o ¿no ha tenido amantes porque es indiferente?, entonces tampoco me conviene.»

—Pero ¿por qué la honradez ha de estar reñida con el trabajo?

—No; no está reñida con el trabajo, está en pugna con la vida. ¿Tú quieres ser libre? Tienes que ser inmoral. Hay virtudes que sirven y son útiles en un grado de civilización, pero que no sirven y hasta son inútiles en otro.

—Yo no lo creo así.

—Pues créelo. Este es un momento crítico de tu vida. Me alegro de encontrarme aquí, no por aconsejarte, yo no aconsejo a nadie, sino porque estoy fuera de la cuestión y tengo la suficiente serenidad para ver claro. Delante de ti tienes dos soluciones: una la vida independiente, otra la sumisión: vivir libre o tomar un amo; no hay otro camino. La vida libre te llevará probablemente al fracaso, te convertirá en un harapo, en una mujer vieja y medio loca a los treinta años; no tendrás hogar, pasarás el final de tu vida en una casa de huéspedes fría, con caras extrañas. Tendrás la grandeza del explorador que vuelve del vieja destrozado y con fiebre, eso sí. Si te sometes…

—Si me someto, ¿qué?

—Si te sometes, tendrás un amo y la vida te será más fácil. Claro que el matrimonio es una institución bárbara y brutal; pero tú puedes tener un buen amo; puedes volver a España. Venancio tiene por ti un cariño de padre, te casarás con él y tu vida será dulce y tranquila.

—¿Cree usted…?

—Sí.

—¿Y Venancio me acogerá bien?

—¡Ya lo creo!

—¿Aunque le diga lo que me ha pasado?

—¿Qué te ha pasado, criatura? —dijo Iturrioz burlonamente—. No te ha pasado nada.

María estuvo pensativa y después dijo sonriendo entre lágrimas:

—No sé si a usted le parecerá mal, Iturrioz; pero creo que me voy a someter —y después añadió graciosamente—: No tengo fuerza para ser inmoral.

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

Mujer española, mujer inglesa

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23rd January 2019

—¿No ha sido usted feliz? —le preguntó Natalia con gran interés.

—No —contestó sonriendo Roche—; yo hubiera vivido mejor si me hubiera casado con una irlandesa o con una española.

—¿Cree usted…? —dijo María.

—Sí. La mujer española, más femenina que la inglesa, quiere en el hombre el espectador, la calma; la inglesa, con una individualidad más fuerte, busca en el hombre el actor, el héroe, y de ahí su entusiasmo por los tipos que considera excepcionales, y de ahí sus desiluciones. Creo la verdad: que las mujeres inglesas están más inclinadas a enamorarse por admiración, y las españolas por compasión.

—Sí, es posible —repuso María—. ¿Y qué le parece a usted mejor?

—¡Oh, mejor! Eso es muy difícil saberlo, si es que hay algo mejor. La compasión me parece un sentimiento más cristiano; la admiración es más pagana. Compadecer, llorar, ver la vida como una cosa dramática, como un camino lleno de zarzas… Todo eso es muy español. Inglaterra es otra cosa. Yo creo, y esto no lo diría en voz alta, que éste es un país absolutamente anticristiano en el fondo. Hay mujer aquí, la mayoría, que no ha llorado en su vida más que leyendo novelas, que se siente fuerte y que si comete una falta no tiene remordimiento alguno.

—¿Y las rusas, qué la parecen a usted? —dijo entre risueña y turbada Natalia.

—¡Oh, la mujer rusa…! Es como la ola…

—¿Pérfida? —Preguntó Natalia.

—Es lo inesperado. Pérfidas o sinceras… lo inesperado. Una rusa es siempre superior a una mujer de Occidente cuando es buena y cuando es mala.

Natalia se ruborizó.

—La está usted confundiendo a mi amiga —dijo María.

—Ah, pero ¿es rusa?

  • Baroja, Pío. La ciudad de la niebla. Barcelona, España: Bruguera, 1980.

¡Ni los moros ni los romanos!

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25th January 2019

¿Desde cuando puede la chusma pasar por allí? «Desde tiempo inmemorial», han dicho cien veces los testigos. «¡Mentira!», replica doña Berta. «¡Buenos eran los Rondaliegos de antaño para consentir a los sarnosos marchitarles con los calcaños puercos la hierba del Aren!» Los Rondaliegos no querían nada con nadie; se casaban unos con otros, siempre con parientes, y no mezclaban la sangre ni la herencia; no se dejaban manchar el linaje ni los prados. Ella, doña Berta, no podía recordar, es laro, desde cuándo había sendas públicas que cruzaban sus propiedades; pero el corazón le daba que todo aquello debía de ser desde la caída del antiguo régimen, desde que había liberales y cosas así por el mundo.

«Por aquí no se va a ninguna parte; éste es el finibusterre del mundo», dice doña Berta, que tiene caprichosas nociones geográficas; un mapa-mundi homérico, por lo soñado; y piensa que la tierra acaba en punta, y que la punta es Zaornín, con Susacasa, el prado Aren y Posadorio.

«Ni los moros ni los romanos pisaron jamás la hierba del Aren», dice ella un día y otro día a su fidelísima Sabelona (Isabel grande), criada de los Rondaliegos desde los diez años, y por la cual tampoco pasaron moros ni cristianos, pues aún es tan vírgen como la parió su madre, y hace de esto setenta inviernos.

«¡Ni los moros ni los romanos!», repite por la noche doña Berta, a la luz del candil, junto al rescoldo de la cocina, que tiene el hogar en el suelo; y Sabelona inclina la cabeza en señal de asentimiento, con la misma credulidad ciega con que poco después repite arrodillada los actos de la fe que su ama va recitando delante. Ni doña Berta ni Isabel saben de romanos y moros cosa mayor, fuera de aquella noticia negativa de que nunca pasaron por allí; tal vez no tienen seguridad completa de la total ruina del Imperio de Occidente ni de la toma de Granada, que doña Berta, al fin más versada en ciencias humanas, confunde un poco con la gloriosa guerra de África, y especialmente con la toma de Tetuán: de todas suertes, no creen ni una ni la otra tan remotas, como lo son, en efecto, las respectivas dominaciones de agarenos y romanos; y en definitiva, romanos y moros vienen a representar para ambas, como en símbolo, todo lo extraño, todo lo lejano, todo lo enemigo; y así, cuando algún raro interlocutor osó decirles que los franceses tampoco llegaron jamás, ni había para qué, a Susacasa, ellas se encogieron de hombros, como diciendo: «Bueno, todo eso quiere decir lo de moros y romanos.» Y es que esta manía, hereditaria en los Rondaliegos, le viene a doña Berta de tradición anterior a la invasión francesa.

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "Doña Berta". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

Los pícaros tiempos

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25th January 2019

Un Rondaliego, tres o cuatro generaciones atrás, había aparecido muerto en un bosque, en la Matiella, a media legua de Posadorio, asesinado por un vecino, según todas las sospechas. Desde entonces toda la familia guardaba la espalda hasta al repartir limosna. El mayor pecado de los Rondaliegos era pensar mal de la plebe, a quien protegían. Por su parte, los villanos, tal vez un día dependientes de Posadorio, recogían con gesto de humillación servil los beneficios, y a solapo se burlaban de la decadencia de aquel señorío, y mostraban, siempre que no hubiese que dar la cara, su falta de respeto en todas las formas posibles. Para esto, los ayudaban un poco las nuevas leyes, y la nueva política especialmente. El símbolo de las libertades públicas (que ellos no llamaban así, por supuesto) era para los vecinos de Pie del Oro el desprecio creciente a los Rondaliegos, y la sanción legal que a tal desprecio los alentaba, mediante recargo de contribución al distribuirse la del concejo, trabajo forzoso y desproporcionado en las sextaferias, abandono de la policía rural en los límites de Zaornín, y singularmente de Susacasa, con otros cien alfilerazos disimulados, que iban siempre a cuenta del Ayuntamiento, de la ley, de los nuevos usos, de los pícaros tiempos.

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "Doña Berta". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

Berta se apergamina

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25th January 2019

Berta se quedó sola con Sabel y el gato, y empezó a envejecer de prisa, hasta que se hizo de pergamino, y comenzó a vivir la vida de la corteza de un roble seco. Por dentro también se apergaminaba; pero, como dos cristalizaciones de diamante, quedaban entre tanta sequedad dos sentimientos, que tomaron en ella el carácter automático de la manía que se mueve en el espíritu con el tic-tac de un péndulo. La soledad, el aislamiento, la pureza y limpieza de Posadorio, de Susacasa, del Aren…, por aquí subía el péndulo a la actividad ratonil de aquella anciana flaca, amarillenta (ella, que era tan blanca y redonda), que, sorda y ligera de pies, iba y venía llosa arriba, llosa abajo, tendiendo ropa, dando órdenes para segar los prados, podar los árboles, limpiar las seves. Pero, en medio de esta actividad, al contemplar la verdura inmaculada de sus tierras, la soledad y apartamiento de Susacasa, la sorprendía el recuerdo del liberal, de su capitán, traidor o no, de su hijo muerto o perdido…; y la pobre setentona lloraba a su niño, a quien siempre hnabía querido con un amor algo abstracto, sin fuerza de imaginación para figurárselo; lloraba y amaba a su hijo con un tibio cariño de abuela; tibio, pero obstinado. Y por aquí bajaba el pendulo del pensar automático a la tristeza del desfallecimiento, de las sombras y frialdades del espíritu, quejosa del mundo, del destino, de sus hermanos, de sí misma. De este vaivén de su existencia sólo conocía Sabelona, la mitad: lo notorio, lo activo, lo material. Como en tiempo de sus hermanos, Berta seguía condenada a la soledad absoluta para lo más delicado, poético, fino y triste de su alma. Las viejas, hilando a la luz del candil en la cocina de campana, que tenía el hogar en el suelo, parecían dos momias, y lo eran; pero la una, Sabel, dormía en paz; la otra, Berta, tenía un ratoncillo, un espíritu loco dentro del pellejo. A veces, Berta, después de haber estado hablando de la colada una hora, callaba un rato, no contestaba a las observaciones de Sabel; y después, en el silencio, miraba a la criada con ojillos que reventaban con el tormento de las ideas…, y se le figuraba que aquella otra mujer, que nada adivinaba de su pena, de la rueda de ideas dolorosas que le andaba a ella por la cabeza, no era una mujer…, era una hilandera de marfil viejo.

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "Doña Berta". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

El hombre propone y el héroe dispone

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25th January 2019

Pero el hombre propone y el héroe dispone. Una tarde, a la misma hora en que cantaba el ruiseñor de Berta y de santa Dulcelina, el capitán liberal oye cantar al bronce el himno de guerra; como un amor supremo; la muerte gloriosa le llama desde una trinchera; sus soldados esperan el ejemplo, y el capitán lo da; y en un deliquio de santa valentía, entrega el cuerpo a las balas, y el alma a Dios, aquel bravo que sólo fue feliz dos veces en la vida, y ambas para causar una desgracia y engendrar un desgraciado. Todo esto, traducido al único lenguaje que quisieron entender los hermanos Rondaliegos, quiso decir que un infame liberal, mancillando la hospitalidad, la gratitud, la amistad, la confianza, la ley, la virtud, todo lo santo, les había robado el honor y había huido.

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "Doña Berta". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

Irrevocable resolución

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26th January 2019

Doña Berta sentía que aquella fortísima, absoluta, irrevocable resolución suya debía acaso su fuerza a un impulso invisible, extraordinario, que se le había metido en la cabeza como un cuerpo extraño que lo tiranizaba todo. «Esto», pensaba, «será que definitivamente me he vuelto loca; pero mejor, así estoy más a gusto, así estoy menos inquieta; esta resolución es un asidero; más vale el dolor material que de aquí venga, que aquel tic-tac insufrible de mis antiguos remordimientos, aquel ir y venir de las mismas ideas…» Doña Berta, para animarse en su resolución heróica, para llevar a cabo su sacrificio sin esfuerzo, por propio deseo y complacencia, y no por aquel impulso irresistible, pero que no le parecía suyo, se consagraba a irritar su amor maternal, a buscar ternura de madre… y no podía. Su espíritu se fatigaba en vano; las imágenes que pudieran enternecerla no acudían a su mente; no sabía cómo se era madre. Quería figurarse a su hijo, niño, abandonado… sin un regazo para su inocencia… No podía; el hijo que ella veía era un bravo capitán, de pie sobre un reducto, entre fuego y humo…; era la cabeza que el pintor le había regalado. «Esto es», se decía, «como si a mis años me quisiera enamorar… y no pudiera.» Y, sin embargo, su resolución era absoluta. Con ayuda del pintor, o sin ella, buscaría el cuadro, lo vería, ¡oh, sí, verlo antes de morir!, y buscaría al acreedor o a sus herederos y les pagaría la deuda de su hijo. «Parece que hay dos almas», se decía a veces; «una que se va secando con el cuerpo, y es la que imagina, la que siente con fuerza, pintorezcamente; y otra alma más honda, más pura, que llora sin lágrimas, que ama sin memoria y hasta sin latidos… y esta alma es la que Dios se debe de llevar al cielo.»

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "Doña Berta". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

La fe en la duda

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26th January 2019

Se acordó de los santos, de los santos místicos, a quienes también solía tentar el demonio, a quienes olvidaba el Señor de cuando en cuando, para probarlos, dejándolos en la aridez de un desierto espiritual.

Y los santos vencían; y, aun oscurecido, nublado el sol de su espíritu, creían y amaban…oraban en la ausencia del Señor para que volviera.

Doña Berta acabó por sentir la sublime y austera alegría de la fe en la duda. Sacrificarse por lo evidente, ¡vaya una gloria!, ¡vaya un triunfo! La valentía estaba en darlo todo, no por su fe… sino por su duda. En la duda amaba lo que tenía de fe, como las madres aman más y más al hijo cuando está enfermo o cuando se lo roba el pecado. La «fe débil, enferma» llegó a ser a sus ojos más grande que la fe ciega, robusta.

Desde que sintió así, su resolución de mover cielo y tierra para hacer suyo el cuadro fue más firme que nunca.

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "Doña Berta". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

Adorar la naturaleza

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26th January 2019

Doña Berta no tuvo ni el consuelo de poetizar la solemne escena de despedida. La naturaleza, ante su imaginación apagada y preocupada, no tuvo esa piedad de personalizarse que tanto alivio suele dar a los soñadores melancólicos. Ni el Aren, ni la llosa, ni el bosque, ni el palacio le dijeron nada. Ellos se quedaban allí, indolentes, sin recuerdos de la ausencia; su egoísmo era el mismo de Sabel, aunque más franco: el que el gato hubiera mostrado si hubiesen consultado su voluntad respecto del viaje. No importaba. Doña Berta no se sentía amada por sus tierras, pero, en cambio, ella las amaba infinito. Sí, sí. En el mundo no se quiere sólo a los hombres, se quiere a las cosas. El Aren, la llosa, la huerta, Posadorio, eran algo de su alma, por sí mismos, sin necesidad de reunirlos a recuerdos de amores humanos. A la naturaleza hay que saber amarla como los amantes verdaderos aman, a pesar del desdén. Adorar al ídolo, adorar la piedra, lo que no siente ni puede corresponder, es la adoración suprema. El mejor creyente es el que sigue postrado ante el ara sin dios. Chillaban los gorriones. Parecían decir: «A nosotros, ¿qué nos cuenta usted? Usted se va, nosotros nos quedamos; usted es loca; nosotros, no; usted va a buscar el retrato de su hijo… que no está usted segura de que sea su hijo. Vaya con Dios.» Pero doña Berta perdonaba a los pájaros, al fin chiquillos, y hasta al mismo Aren verde, que, más cruel aún, callaba. El bosque se quejaba, ése sí; pero poco, como un niño que, cansado de llorar, convierte en ritmo su queja y se divierte con su pena; y doña Berta llegó a notar, con la clarividencia de los instantes supremos ante la naturaleza, llegó a notar que el bosque no se quejaba porque ella se iba; siempre se quejaba así; aquel frío de la mañana plomiza y húmeda era una de las mil formas del hastío que tantas veces se puede leer en la naturaleza. El bosque se quejaba, como siempre, de ese aburrimiento de cuanto vive pegado a la tierra y de cuanto rueda por el espacio en el mundo, sujeto a la gravedad como a una cadena. Todas las cosas que veía se le aparecieron entonces a ella como presidiarios que se lamentan de sus prisiones y, sin embargo, aman su presidio. Ella, como era libre, podía romper la cadena, y la había roto…; pero agarrada a la cadena se le quedaba la mitad del alma.

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "Doña Berta". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

Zurita firma la nómina

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28th January 2019

Cuando, lleno de canas y arrugas, casi ciego, llegó a firmar la nómina, Aquiles aborrecía ya el oficio mecánico de sabio de Real orden. Aquella ciencia que él había amado tanto sin pensar en el interés, les servía a otros para ganar un mendrugo falsificándola, recortándola y dislocándola a gusto del que repartía la sopa universitaria.

«Unos cuantos lugares comunes, que se repetían cien y cien veces en los ejercicios, algunas perogrulladas profesadas con pedantería, unos pocos principios impuestos por la ley, predicados con falso entusiasmo, para acreditar buenas ideas... esto, y nada más, era la ciencia de las oposiciones.»

«¡Dios mío, qué asco da todo esto!», pensaba Zurita, el eterno estudiante, que había nacido para amarlo y admirarlo todo, y que se veía catedrático de cosas que ya no amaba, ni admiraba, ni creía.

«¡Todo extremo, todo insensatez! En los Ateneos, mozalbetes que reniegan de lo que han estudiado, audaces lampiños que se burlan de la conciencia, de la libertad humana; que manifiestan un rencor personalísimo a Su Divina Majestad, como si fuesen quisquillas de familia... y ante el gobierno, esos mismos jóvenes, ya creciditos, u otros parecidos, quemando incienso ante la ciencia trasnochada del programa oficial... ¡qué asco, señor, qué asco!»

«Ni aquello es ciencia todavía, ni esto es ciencia ya; y, aquí y allá, ¡con qué valentía se predica todo! Es que los opositores y los ateneístas no son completamente honrados; no lo son... porque aseguran lo que no saben, sostienen lo que no sienten.»

Estos monólogos, y otros muchos por el estilo, los recitaba el catedrático de Lugaruco en frente de las olas, en la playa solitaria, melancólica, de arena cenicienta.

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "Zurita". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

Como si fray Luis hubiera escrito para ella

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5th February 2019

Y una noche leía Mariquita La perfecta casada, del sublime fray Luis de León; y leía, poniéndose roja de vergüenza, mientras el corazón se le quedaba frío:

…Así, por la misma razón, no trata aquí Dios con la casada que sea honesta y fiel, porque no quiere que le pase aún por la imaginación que es posible ser mala. Porque, si va a decir la verdad, ramo de deshonestidad es en la mujer casta el pensar que puede no serlo, o que en serlo hace algo que le debe ser agradecido.

Y como si fray Luis hubiera escrito para ella sola, y en aquel mismo instante, y no escribiendo, sino hablándola al oído, Mariquita se sintió tan avergonzada que hundió el rostro en las manos, y sintió en la nuca, no un beso in partibus de su esposo, sino el aliento del agustino que, con palabras del Espíritu Santo, le quemaba el cerebro a través del cráneo.

Quiso tener valor, en penitencia, y siguió leyendo, y hasta llegó donde poco después dice:

Y cierto, como el que se pone en el camino de Santiago, aunque a Santiago no llegue, ya le llaman romero, así, sin duda, es principiada ramera la que se toma licencia para tratar de estas cosas, que son el camino.

Y, siempre con las manos apretadas a la cabeza, la de Osorio se quedó meditando: «¡Yo ramera principiada y por aquello mismo que, si ahora siento como dolor de la conciencia que me remuerde, siempre tomé por prueba dura, por mérito de mi martirio, por cáliz amargo!»

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "La imperfecta casada". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

La alternancia

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5th February 2019

Que estaba solo en la tierra, bien lo sabía él. A veces se le antojaba que un periódico, o un libro viejo y sobado que oía deletrear a un obrero, hubiera sido para él un buen amigo; pero no sabía leer. No sabía nada. Se arrimaba a la esquina de la plaza, donde otros perdían el tiempo fingiendo esperar trabajo, y oía, silencioso, conversaciones más o menos incoherentes acerca de política o de la cuestión social. Nunca daba su opinión, pero la tenía. La principal era considerar un gran desatino el pedir ocho horas de trabajo. Prefería, a oír disparates, que le leyeran los papeles. Entonces atendía más. Aquello solía estar mejor hilvanad. Pero ni siquiera los de las letras de molde daban en el quid. Todos se quejaban de que se ganaba poco; todos decían que el jornal no bastaba para las necesidades… ¡Había exageración; ¡si fueran como él, que vivía casi de nada! ¡Oh, si él trabajara aquellas ocho horas que los demás pedían como mínimum (él no pensaba mínimum, por supuesto), se tendría por millonario con lo que entonces ganaría! «Todo se volvía pedir instrumentos de trabajo, tierra, máquinas, capital… para trabajar. ¡Rediós con la manía!» Otra cosa les faltaba a los pobres que nadie echaba de menos: consideración, respeto, lo que Chiripa, con una palabra que había inventado él para sus meditaciones de filósofo de cordel, llamaba _alternancia. ¿Qué era la alternancia? Pues nada; lo que había predicado Cristo, según había oído algunas veces; aquel Cristo a quien él solo conocía, no para servirle, sino para llenarle de injurias, sin mala intención, por supuesto, sin pensar en El; por hablar como hablaban los demás, y blasfemar como todos. La alternancia era el trato fino, la entrada libre en todas partes, el vivir mano a mano con los señores y entender de letra, y entrar en el teatro, aunque no se tuviera dinero, lo cual nada tenía que ver con la gana de ilustrarse y divertirse. La alternancia era no excluir de todos los sitios amenos y calientes y agradables al hombre cubierto de andrajos, sólo por los andrajos. Ya que por lo visto iba para largo lo de que todos fuéramos iguales tocante al cunquibus, o sean los cuartos, la moneda, y pudiera cada quisque vestir con decencia y con ropa estrenada en su cuerpo; ya que no había bastante dinero para que a todos les tocase algo… ¿por qué no se establecía la igualdad y la fraternidad en todo lo demás, en lo que podía hacerse sin gastos, como era el llamarse ricos y pobres de tú, y convidarse a una copa, y enseñar cada cual lo que supiera a los pobres, y saludarlos con el sombrero, y dejarles sentarse junto al fuego, y pisar alfombras, y ser diputados y obispos, y en fin, darse la gran vida sin ofender, y hasta lavándose la cara a veces, si los otros tenían ciertos escrúpulos? Eso era la alternancia; eso había creído él que era el cristianismo y la democracia, y eso debía ser el socialismo… como ello mismo lo decía: socialismo… cosa de sociedad, de trato, de juntarse… alternancia.

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "La conversión de Chiripa". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

Venus in vinis

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5th February 2019

Aquella Circe le quería seducir sobre seguro, esclavizándole por la gula. Sí, Tula era muy literata y debía de saber aquello de Nasón:

Et Venus in vinis ignis in igne fuit.

Aquellos cangrejos, aquellas ostras, aquellas langostas, aquellos calamares, aquellos langostinos en aquellas salsas, aquel sauterne, no eran más que la traducción libre del verso de Ovidio

Et Venus in vinis ignis in igne fuit.

«¡Huyamos, huyamos también ahora! —pensó Aquiles suspirando—. No se diga —le dijo al mar, su confidente— que mi vitud venció cuando tuvo hambre y metafísica, y que sucumbe cuando tiene hartazgo y positivismo. Yo no sé si hay o no hay metafísica, yo no sé cuál es el criterio de la moralidad…, pero sería un cobarde sucumbiendo ahora.»

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "Zurita". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

El Absoluto y los marineros

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5th February 2019

Además, ¿qué filosofía había de enseñar a estos robustos hijos de marineros, destinados también a la vida del mar?

«No lo sé —decía a las olas Zurita—. ¿La filosofía moderna, la que pasa por menos fantástica? De ningún modo. Una filosofía que prescinde de lo Absoluto… mala para marinos. ¡Que no se sabe nada de lo Absoluto!… Pues ¿y el mar? ¿Dónde habrá cosa más parecida a ese Infinito de que no quieren que se hable?»

Quitarles la fe a los que habían de luchar con la tormenta le parecía una crueldad odiosa.

Muchas veces, cuando desde lo alto del muelle veía entrar las lanchas pescadoras que habían sufrido el abordaje de las olas allá fuera, Zurita observaba la cara tostada, seria, tranquila, dulce y triste de los marinos viejos. Veía los serenos, callados, tardos para la ira, y se le antojaban sacerdotes de un culto; se le figuraba que allá arriba, tras aquel horizonte en que les había visto horas antes desaparecer, habían sido visitados por la Divinidad; que sabían algo, que no querían o no podían decir, de la presencia de lo Absoluto. En el cansancio de aquellos rostros, producido por el afán del remo y la red, la imaginación de Aquiles leía la fatiga de la visión extática…

Por lo demás, él no creía ya ni dejaba de creer

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "Zurita". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

Una mujer que elige

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5th February 2019

Doña Tula tenía treinta años, había leído novelas de Belot y profesaba la teoría de que la mujer debe conocer el bien y el mal para elegir libremente el bien; si no, ¿qué mérito tiene el ser buena?

Ella elegía libremente el mal, pero no quería que se supiera. Su afán de ocultar el pecado era vanidad escolástica. No quería dar la razón a los reaccionarios, que no se fían de la mujer instruida y literata. Ella no podía dominar sus fogosas pasiones, pero esto no era más que un caso excepcional, que convenía tener oculto; la regla quedaba en pie: la mujer debe saber de todo para escoger libremente lo bueno.

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "Zurita". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

La vanidad de creerse buena

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5th February 2019

Pero le sucedió lo que siempre sucede en tales casos: que fue más dichosa mientras fue neófita y conservó la vanidad pueril de creerse buena, nada más que porque tenía buenos pensamientos, excelentes propósitos, y porque prefería aquellas lecturas y meditaciones honradas; y fue menos dichosa cuando empezó a vislumbrar en qué consistía la perfección sin engaños, sin vanidades, sin confianza loca en el propio mérito. Entonces, al ver tan lejos (¡oh, mucho más lejos que la vejez con sus miserias!), tan lejos la virtud verdadera, el mérito real sin ilusión, se sintió el alma llena de amargura, en una soledad de hielo,

sin mí, sin vos y sin Dios,

como decía Lope; sin mí, es decir, sin ella misma, porque no se apreciaba, se desconocía, desconfiaba de su vanidad, de su egoísmo; sin vos, es decir, sin su marido, porque, ¡ay!, el amor, el amor de amores, había volado tiempo hacía; y sin Dios, porque Dios está sólo donde está la virtud, y la virtud real, positiva, no estaba en ella. Valor se necesitaba para seguir sondando aquel abismo de su alma, en que al cabo de tanto esfuerzo de humildad, de perdón de las injurias, de amor a la cruz del matrimonio, que llevaba ella sola, se encontraba con que todo era presunción, romanticismo disfrazado de piedad, histerismo, sugestión de sus soledades, paliativos para conllevar la ausencia del esposo, distraído allá en el mundo… El mérito real, la virtud cierta, estaban lejos, mucho más lejos.

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "La imperfecta casada". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

Con el descanso de la maternidad viene...

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5th February 2019

Como un rayo de sol de primavera, con el descanso de la maternidad viene el resucitar de la mujer, que sigue el imán de la admiración ajena; ráfagas de coquetería… así como panteística, tan sutiles y universales, que son alegría, placer, sin parecer pecado. Lo que se desea es ir a mirarse en los ojos del mundo como en un espejo.

La ocasión de volver al teatro, al baile, al banquete, al paseo, la ofrece el mismo esposo, que siente remordimientos, que no quiere extremar las cosas, y se empeña —se empeña, vamos— en que su mujercita, ¡qué diablo!, vuelva a orearse, vuelva al mundo, se distraiga honestamente. Y volvía Mariquita al mundo; pero… el mundo era otro. (...)

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "La imperfecta casada". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

La noche del Miércoles de Ceniza

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6th February 2019

No hay habitante de Rescoldo, hembra o varón, que no confiese, si es franco, que el mayor placer mundano que ofrece el pueblo está en la noche del miércoles de Ceniza, al enterrar la sardina en el paseo de los Negrillos. Si no llueve o nieva, la fiesta es segura. Que hiele, no importa. Entre las ramas secas brillan en lo alto las estrellas; debajo, entre los troncos seculares, van y vienen las antorchas, los faroles verdes, azules y colorados; la mayor parte de las sábanas limpias de Rescoldo circulan por allí, sirviendo de ropa talar o improvisados fantasmas que, con largos cucuruchos de papel blanco por toca, miran al cielo empinando la bota. Los señoritos que tienen coche y caballos los lucen en tal noche, adornando animales y vehículo con jaeces fantásticos y paramentos y cimeras de quimérico arte, todo más aparatoso que precioso y caro, si bien se mira. Mas, a la luz de aquellas antorchas y farolillos, todo se transforma; la fantasía ayuda, el vino transporta, y el vidrio puede pasar por brillante, por seda el percal, y la ropa interior sacada al fresco por mármol de Carraca y hasta por carne del otro mundo. Tiembla el aire el resonar de los más inarmónicos instrumentos, todos los cuales tienen pretensiones de trompetas del juicio final; y, en resumen, sirve todo este aparato de Apocalipsis burlesco, de marco extravagante para la alegría exaltada, de fiebre, de placer que se acaba, que se escapa. Somos ceniza, ha dicho por la mañana el cura, y… ya lo sabemos, dice Rescoldo en masa por la noche, brincando, bailando, gritando, cantando, bebiendo, comiendo golosinas, amando a hurtadillas, tomando a broma el dogma universal de la miseria y brevedad de la existencia…

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "El entierro de la sardina". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

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