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Un enfermo en esta anchura

Etiquetas: años y leguas, gabriel miró.

16th February 2019

…Pero Manihuel, de la masía de Almazeres, ha muerto retorcido por otro dolor.

Sigüenza se marchó a verlo. Algunas veces le han dicho como si le revelaran un secreto miedoso: «Ahí, en esa calle, en la segunda casa que tiene la puerta entornada; o allí, en aquella heredad del pino redondo, o de la higuera que se dobla, hay un enfermo…»

Un enfermo, en esta anchura de sol, en esta obligación de salud de la faena agrícola, es la amenaza y el maleficio para los sanos. Un enfermo significa la casa obscura. A mediodía, los hijos pequeños se asoman al portal. Les sacan de comer; y, en seguida, les dicen que se vayan al ejido. Siempre silencio. En el peldaño, se acuesta el perro despedido que mira hacia la entrada como preparando el aúllo. Todos ven llegar y salir al médico, que lleva el periódico que le envían de Valencia. En el rincón de la cocina hay una silla con almohadas; unas manos grandes, cruzadas en la curva del cayado inmóvil; una cabeza con un pañuelo de algodón que le faja las sienes amargas; y debajo, unos ojos que se clavan, todo el día, en los legones, en las azadas, en las esportillas, en los aparejos, que están arrimados a un pilar, esperando. Y de la lumbre sube un humo débil de la olla de hierbas cocidas y del puchero de alimento. A ratos, pasa una voz encogida que pregunta por el enfermo y deja un olor de salud, un olor de camino y de bancales, y después se aparta diciendo: «¡Dios proveerá!»

La desgracia se ha parado allí como una sombra. La desgracia parada y proyectándose lejos. Si el vecino muere, la desgracia se encoge en la forma concreta y dura de cadáver. Ya no es un vecino; es un muerto, y aunque se prolongue su emoción como si estuviese tendido encima de todo el pueblo, de todo el campo, pertenece nada más a una casa. Y al otro día se le enterrará; y ya no estará la sombra.

  • Miró, Gabriel. "El señor vicario y Manihuel". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

Allí está el escarabajo

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16th February 2019

Ven la redonda entrada obscura de un cañuto del techo del parral. Las avispas y los abejorros han visto ese agujero, y nada. Pues los escarabajos no pasan delante del misterio sin escudriñarlo. Les obliga su naturaleza y su crédito. La creación les contempla. El mediodía tan grande, con tanto sol, no puede sumergirse en un tubo de caña. No importa: allí está el escarabajo. No temerá. Para él solo estaba guardada la tenebrosa aventura. Y se agarra al borde del cañuto y se va asomando. Su cuerpo tan orondo principia a sudar y crujir, adelgazándose, afilándose para internarse en el abismo. Después, se queda silencioso; y en silencio, blandamente se hunde. Fuera, está toda la mañana esperándole. ¿Qué sabrá, a estas horas, el desaparecido? ¿Cómo podrá salir?

El desaparecido sale reculando, y en seguida se le encienden en su espalda y en su sombrero de luto los negros fanalillos de sol. Y se pasa a otra caña horadada. Es otro misterio. No se cansará el investigador. Vuelve a sumirse; vuelve a salir; y acude insaciable al cañuto de al lado. ¿Qué hace dentro? Está encogido, atendiendo lo que piensa de él la gloriosa mañana. A otro cañuto, después al siguiente; todos los pesquisa; y nunca acaba, porque tiene el goce doctísimo de volver a penetrar en los mismos misterios de los mismos cañutos de antes, sin darse cuenta…

Tocan las campanas, muy poco, cabeceando con pereza. Tocan lo preciso para acentuar «las doce». Mediodía exacto. Todo el pueblo se sienta a comer; y los jornaleros que están en la labor, dejan hincada la azada y la reja, y buscan su atadijo de pan, companaje y navaja.

  • Miró, Gabriel. "Pueblo. Parral. Perfección". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

Cerdo murciano, cerdo yanqui

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16th February 2019

Y le va contando a Sigüenza que este cerdo ha sido cebado nada más que con dassa, maíz, maíz en grano y en harina. Otros le dan de comer al suyo patatas, desperdicios y hasta cadáveres, como hacía el sepulturero de un pueblo de Valencia.

La carne, la enjundia, el tocino, los quebrantos, todo en su cerdo ha de ser muy gustoso, porque además de su legítima mantenencia, le viene de raza. Es de raza murciana: la mejor, y costosa de engordar. El cerdo murciano crece apretándose; no como el americano, que se hincha y se engrasa pronto y flojo.

Sigüenza ha de recordar los ejemplares yanquis. El cerdo de Norteamérica es alto, blanco, sonrosado, limpio como si lo bañasen y adobasen ayos masajistas de bata esterilizada. Parece un cerdo de celuloide. Su cabezota es tan grande que, a veces, semeja postiza. No tiene mirada feroz, sino un cansancio, una cortedad de ojos rubios. Es un cerdo sinónimo del cerdo, es decir, su imitación; y, como todas las imitaciones y las restauraciones, excede a la verdad originaria. Claro que el cerdo de América es cerdo hasta en la torcedura de su rabo rudimentario, aunque lo apócrifo surja de su traza y en lo íntimo de sus sabores.

  • Miró, Gabriel. "Pueblo. Parral. Perfección". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

Pueblo palabra

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16th February 2019

Mañana de junio, alta, grande, precisa hasta en los confines. Sigüenza delante. Podría ir volviéndose, mirándola toda. Pero se impuso la penitencia de beber a sorbos, de disciplinar la contemplación.

Ahora se quedará cara a cara del pueblecito, aunque los horizontes le llamen con un grito infinito de silencio para que sus ojos brinquen y se revuelquen en sus delicias.

Le acoge la alegría de tener de verdad ese pueblo en que siempre se piensa cuando contamos un cuento. «Una vez, había un pueblecito…» Y en la mirada de las criaturas va pasando quietecitamente este pueblo. Es el hallazgo de nuestra palabra, hecha realidad. Alegría de la revelación y de la pronunciación de la palabra «pueblo», sino que éste es más moreno y más viejo. Lo que Sigüenza imaginaba o recordaba como blancura suya, es claridad que no le pertenece.

  • Miró, Gabriel. "Pueblo. Parral. Perfección". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

Carretera, pasos y miedo

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16th February 2019

Y sigue su camino. Se persuade de lo apacible de la hora. Ganados que vienen de los rastrojos. Leñadores que traen su costalillo para su llar. Jornaleros que bajan de las labores. La carretera tiene una inocencia de emoción de familia; la carretera únicamente va de pueblo en pueblo para que los caminantes regresen a sus casas. Claro que, después, la carretera se ahonda en una soledad de lejanía; y después ha de pasarla Sigüenza, y, entonces, el blancor del polvo en la foscura agranda el desamparo.

  • Miró, Gabriel. "Gitanos". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

La avispa en la ventana

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16th February 2019

Su cuarto era pequeño y encalado; las sillas, de olmo con asiento y respaldar de esparto; la mesa, virgen, sin adobo de barniz, y en medio, un pichel de vidrio aldeano con rosas; el balcón, a la sombra de un ala palpitante del toldo, y un postigo con red metálica que dejaba pasar el oreo sin moscas. ¡Ni una mosca! Nada más una que se parara en las flores, en los libros, lisándose el manto, latiéndole la trompa, mirándolo todo con sus ojos hinchados de color café, una mosca le trastornaba el silencio y la quietud más que un grito.

Y estalló en el aposento un zumbido de furor. Una avispa. Una avispa golpeándose contra la mañana enrejada por la celosía de alambres.

«La veré sin temerla; la miraré detrás de su prisión; la miraré de cerca, su cintura, su vientre, su corpezuelo afilado, su vello estremecido.» Y para que no se le fuese, cerró de un manotazo la hoja del balcón y salióse a la terraza.

No estaba la cautiva. Entró; abrió el postigo, y la vio aplastada sabiamente por el bárbaro golpe.

Desabor inicial del día. Y pasaron las moscas, y volaban en torno de sus sienes. Entonces, dejó de par en par los balcones; aspiró con avidez el verano, y se tragó un remolino de jovialidad que venía de la era. Lo postrero de la trilla.

  • Miró, Gabriel. "Gitanos". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

Goce sin actuación suya

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16th February 2019

Ya se regalaba Sigüenza con estas calidades y exactitudes, que podrán haber envejecido en cualquier mediano entendimiento, pero que en él eran de una verdad virgen, cuando volvió la ciudad a tocarle la frente y el corazón, avisándole que esas complacencias campesinas vendrían principalmente de ella.

Bastaba de recelos y de acechos; quería el goce descuidado sin actuación suya. No podría contemplar en tanto que discriminase su sentir. Después de muchos años, lo primero que encontraba en su campo, era a sí mismo, atravesándolo, estampándose en todo como su sombra prolongada por el sol poniente. Había de sumergirse y de perderse en la visión como en el sueño que no nos gana sino cuando perdemos la conciencia de nuestra vida y de nuestra postura.

  • Miró, Gabriel. "La llegada". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

Peón, peón caminero

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16th February 2019

—Peón caminero, peón caminero: ¿cuántos años lleva usted remendando este camino?

Le dijo que más de treinta años.

¡Más de treinta años, Señor! De modo que este buen hombre quizá le viese cuando él pasó, siendo muchacho, por estos lugares; y tendría entonces la edad suya de ahora. Con tan simples pensamientos se angustió un poco su conciencia cronológica. Pronunció el nombre de su padre, que fue ingeniero. Y principó el hombrecito a cogerse la falda de su sombrero de lona, y le salió su frontal de adobe recocido. Sus manos de leña, de pellejo y de asta, sin temperatura íntima suya, tomaron las manos de Sigüenza, que las sintió adelgazarse y rebullirle muy tiernas allá dentro. Se le mojaron los ojos de vidrio polvoriento que se empaña de la serena; y esos ojos se le paraban a su lado, como si a su lado estuviera el padre, de pie.

—¡Era un siervo de Dios!

«Siervo de Dios» lo pronunciaba mirando despacito a Dios; lo dice con llaneza, quitándole al ingeniero toda jerarquía, jubilándolo evangélicamente; viéndole en la bienaventuranza hermanado con los humildes, que aquí, en la tierra, están sirviendo en obras públicas. Le refiere los beneficios que recibió del padre; los desmenuza, vuelve a gustarlos como pan que ha de emblandecer resigándolo entre sus encías lisas, siempre bañadas.

A veces se encorva más, como si conversase con dos criaturas, los dos hijos del ingeniero: Sigüenza y su hermano; y después se incorpora como si se los subiese uno en cada brazo. Pregunta por su antigua casa, tan abundante , con corraliza y hortal. Bien recuerda que estaba junto a un Colegio de Padres de la Compañía de Jesús.

—Peón caminero; ya no queda casa, ni corraliza, ni hortal.

—¿Ya no? —y se rascó la cara huesuda, que le sonaba como una quijada de res. ¡Qué sabría el pobre de tener y perder haciendas!

Al despedirse le dio Sigüenza una moneda de plata para que fumase, y fumando volviese a pensar en aquel tiempo.

El viejecito le mira, le sonríe, llora; y llorando palpa y pesa, callado y devoto, la limosna...

Sigüenza se aparta, retozándole una suave vanagloria. Le parece que ese buen hombre le ha legitimado la llegada; sus manos de hierba y de piedra, de santo de pórtico, acaban de abrirle, de par en par, las puertas de su paisaje. Y el espolique no hacía sino mirarle y sonreír. Estaba, como él, también más gozoso.

Ya Sigüenza quiso contener su regodeo tan fácil. Siempre le era recelosa la facilidad.

Le divertió de sus menudos escrúpulos una hacienda que iba saliendo en un altozano de llencas o fajas de bancales gruesos y rojos. Las tierras, los cultivos, todo de un color de realce, de calidad apretada; el verde jovial del maíz; el de las calabaceras de tacto velludo; el de los frutales, tan jugosos, que trasciende a su médula dulce; el tostado de las cebadas maduras, que van desplegándose con un crujido de espigas de barbas luminosas, que se nos agarran a los dedos, como zancas de cigarrones; el frescor de la vid y del jazminero, que suben sabiamente por el casalicio recién enjalbegado... ¡Esa es la finca que Sigüenza quisiera comprarse; ésa es la deseada, y la escogida entre todas! Y su índice se tiende y la señala con arrogancia.

—¿Esa? —le pregunta el trajinero con socarronería —. Esa es del peón caminero de la limosna. Tuvo herencias de familia de Argel, y no suelta su jornal...

Sigüenza dobló la frente, sonrojándose de haber socorrido a un hacendado.

Pero vino una brisa generosa que le levantó los pensamientos. El viejecito tomó la moneda y la besó, dándole valor de limosna, no siendo pobre. ¿Era menester la gollería de la pobreza de verdad? Y montó y empujó con los carcañales a su cabalgadura. A trechos se volvía; miraba al socorrido; miraba la abundancia del huerto deseado.

  • Miró, Gabriel. "La llegada". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

Resabios de entusiasmarse

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16th February 2019

—¡No tenemos prisa! —lo pensó y lo dijo Sigüenza para que se oyese, creyendo que objetivaba la realidad de su júbilo, porque veía sus palabras desnudas en el silencio, silencio desde su boca hasta las cumbres.

Y mirando en su torno toda la tarde, tan ancha, descubrió en el camino la huella de sus pies. Sería la de su bota. No; porque él acababa de sentir el contacto de su carne en la carne del camino. Y esa noche se quedarían sus pisadas, frescas de relente, bajo los cielos inmediatos y finos. ¡Cuántos años sin sentir el ahínco y marca de humanidad por el asfalto y las losas que se chafan o se pisan sin hollar!

Quizá estos aturdimientos probaran a Sigüenza el predominio de la calle. De seguro él se creía ya en su ruralismo de antaño. Pero aún no debía serlo sino de presencia, de óptica y de tacto, porque la inquietud y el goce seguían refiriéndose a la ciudad, de la que traemos el brinco, el grito, la exaltación y la suavidad junciosa; resabio de entusiasmarse por agradar y contentarnos.

Todavía este hombre no se sentía sino a sí mismo, con acústica de recinto cerrado.

  • Miró, Gabriel. "La llegada". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

El sabio británico

Etiquetas: años y leguas, gabriel miró.

1st March 2019

Calvario barroco de cipreses negros. Voltear de campanas a la redonda de las cumbres. Calles con toldos de cañizos. Fiestas y casas viejas. El Ayuntamiento con soportales de cal. En la sombra, un banco con los mismos abuelitos de siempre, que miran la lejanía desde la curva de sus cayadas.

En Callosa y en los pueblos que vienen detrás quedan soledades y hermosuras de señorío y de arte. Y ese varón británico no descansará escudriñándolas, removiéndolas, palpándolas, desjugándolas. Los artistas dejan intactas las bellezas para los otros artistas. Pero los sabios, los sabios oficiales, son los peores maridos de las guardadas bellezas. Buscan la doncellez y la dote del pasado, y ya el pasado es una esposa enjuta de laicas virtudes.

Sigüenza, sin ser erudito ni desearlo, sentía un rencor de celoso. Siempre preguntaba por el extranjero. Y siempre le decían:

—¡Allí sigue!

¡Allí seguía! ¿De manera que no se le saciaba su voracidad? Si en Benidorm y en otros pueblos una albañilería flamante dejó para siempre la palabra //chalet//, con su //t// apretada, a estas horas el caballero británico habrá esparcido por callejuelas y veredas vocablos doctos y deportistas. Y no pudo resistir su sobresalto y encaminóse a Callosa.

Solo, por la carretera, iba cortando el hervor de las cigarras. Llegó en el bochorno del mediodía.

En el portal de una ventana, a la sombra del alero, dormía un hombre, con las manos colgando por los hinojos y los pies saliéndosele de las esparteñas. A veces subía los párpados para mirar las telas de araña de las rejas de los pesebres. Tuvo que despertarle el amo de la posada; y él abría sus ojos grises de niño, le sonreía mordiendo una palabra valenciana y otra vez cabeceaba entre moscas de siesta.

Y vio Sigüenza que bajo la piel de badana, de sol y de relentes del hombre dormido, yacía el docto caballero inglés…

¡Levante! Levante era más poderoso que la sabiduría británica…

  • Miró, Gabriel. "Benidorm. Un extranjero. Callosa". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

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