Hiperlectura

Hipertexto lento

Entradas de February 2019.

Como si fray Luis hubiera escrito para ella

Etiquetas: doña berta y otros relatos, generación del 98, lepoldo «clarín» alas.

5th February 2019

Y una noche leía Mariquita La perfecta casada, del sublime fray Luis de León; y leía, poniéndose roja de vergüenza, mientras el corazón se le quedaba frío:

…Así, por la misma razón, no trata aquí Dios con la casada que sea honesta y fiel, porque no quiere que le pase aún por la imaginación que es posible ser mala. Porque, si va a decir la verdad, ramo de deshonestidad es en la mujer casta el pensar que puede no serlo, o que en serlo hace algo que le debe ser agradecido.

Y como si fray Luis hubiera escrito para ella sola, y en aquel mismo instante, y no escribiendo, sino hablándola al oído, Mariquita se sintió tan avergonzada que hundió el rostro en las manos, y sintió en la nuca, no un beso in partibus de su esposo, sino el aliento del agustino que, con palabras del Espíritu Santo, le quemaba el cerebro a través del cráneo.

Quiso tener valor, en penitencia, y siguió leyendo, y hasta llegó donde poco después dice:

Y cierto, como el que se pone en el camino de Santiago, aunque a Santiago no llegue, ya le llaman romero, así, sin duda, es principiada ramera la que se toma licencia para tratar de estas cosas, que son el camino.

Y, siempre con las manos apretadas a la cabeza, la de Osorio se quedó meditando: «¡Yo ramera principiada y por aquello mismo que, si ahora siento como dolor de la conciencia que me remuerde, siempre tomé por prueba dura, por mérito de mi martirio, por cáliz amargo!»

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "La imperfecta casada". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

La alternancia

Etiquetas: doña berta y otros relatos, generación del 98, lepoldo «clarín» alas.

5th February 2019

Que estaba solo en la tierra, bien lo sabía él. A veces se le antojaba que un periódico, o un libro viejo y sobado que oía deletrear a un obrero, hubiera sido para él un buen amigo; pero no sabía leer. No sabía nada. Se arrimaba a la esquina de la plaza, donde otros perdían el tiempo fingiendo esperar trabajo, y oía, silencioso, conversaciones más o menos incoherentes acerca de política o de la cuestión social. Nunca daba su opinión, pero la tenía. La principal era considerar un gran desatino el pedir ocho horas de trabajo. Prefería, a oír disparates, que le leyeran los papeles. Entonces atendía más. Aquello solía estar mejor hilvanad. Pero ni siquiera los de las letras de molde daban en el quid. Todos se quejaban de que se ganaba poco; todos decían que el jornal no bastaba para las necesidades… ¡Había exageración; ¡si fueran como él, que vivía casi de nada! ¡Oh, si él trabajara aquellas ocho horas que los demás pedían como mínimum (él no pensaba mínimum, por supuesto), se tendría por millonario con lo que entonces ganaría! «Todo se volvía pedir instrumentos de trabajo, tierra, máquinas, capital… para trabajar. ¡Rediós con la manía!» Otra cosa les faltaba a los pobres que nadie echaba de menos: consideración, respeto, lo que Chiripa, con una palabra que había inventado él para sus meditaciones de filósofo de cordel, llamaba _alternancia. ¿Qué era la alternancia? Pues nada; lo que había predicado Cristo, según había oído algunas veces; aquel Cristo a quien él solo conocía, no para servirle, sino para llenarle de injurias, sin mala intención, por supuesto, sin pensar en El; por hablar como hablaban los demás, y blasfemar como todos. La alternancia era el trato fino, la entrada libre en todas partes, el vivir mano a mano con los señores y entender de letra, y entrar en el teatro, aunque no se tuviera dinero, lo cual nada tenía que ver con la gana de ilustrarse y divertirse. La alternancia era no excluir de todos los sitios amenos y calientes y agradables al hombre cubierto de andrajos, sólo por los andrajos. Ya que por lo visto iba para largo lo de que todos fuéramos iguales tocante al cunquibus, o sean los cuartos, la moneda, y pudiera cada quisque vestir con decencia y con ropa estrenada en su cuerpo; ya que no había bastante dinero para que a todos les tocase algo… ¿por qué no se establecía la igualdad y la fraternidad en todo lo demás, en lo que podía hacerse sin gastos, como era el llamarse ricos y pobres de tú, y convidarse a una copa, y enseñar cada cual lo que supiera a los pobres, y saludarlos con el sombrero, y dejarles sentarse junto al fuego, y pisar alfombras, y ser diputados y obispos, y en fin, darse la gran vida sin ofender, y hasta lavándose la cara a veces, si los otros tenían ciertos escrúpulos? Eso era la alternancia; eso había creído él que era el cristianismo y la democracia, y eso debía ser el socialismo… como ello mismo lo decía: socialismo… cosa de sociedad, de trato, de juntarse… alternancia.

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "La conversión de Chiripa". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

Venus in vinis

Etiquetas: doña berta y otros relatos, generación del 98, lepoldo «clarín» alas.

5th February 2019

Aquella Circe le quería seducir sobre seguro, esclavizándole por la gula. Sí, Tula era muy literata y debía de saber aquello de Nasón:

Et Venus in vinis ignis in igne fuit.

Aquellos cangrejos, aquellas ostras, aquellas langostas, aquellos calamares, aquellos langostinos en aquellas salsas, aquel sauterne, no eran más que la traducción libre del verso de Ovidio

Et Venus in vinis ignis in igne fuit.

«¡Huyamos, huyamos también ahora! —pensó Aquiles suspirando—. No se diga —le dijo al mar, su confidente— que mi vitud venció cuando tuvo hambre y metafísica, y que sucumbe cuando tiene hartazgo y positivismo. Yo no sé si hay o no hay metafísica, yo no sé cuál es el criterio de la moralidad…, pero sería un cobarde sucumbiendo ahora.»

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "Zurita". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

El Absoluto y los marineros

Etiquetas: doña berta y otros relatos, generación del 98, lepoldo «clarín» alas.

5th February 2019

Además, ¿qué filosofía había de enseñar a estos robustos hijos de marineros, destinados también a la vida del mar?

«No lo sé —decía a las olas Zurita—. ¿La filosofía moderna, la que pasa por menos fantástica? De ningún modo. Una filosofía que prescinde de lo Absoluto… mala para marinos. ¡Que no se sabe nada de lo Absoluto!… Pues ¿y el mar? ¿Dónde habrá cosa más parecida a ese Infinito de que no quieren que se hable?»

Quitarles la fe a los que habían de luchar con la tormenta le parecía una crueldad odiosa.

Muchas veces, cuando desde lo alto del muelle veía entrar las lanchas pescadoras que habían sufrido el abordaje de las olas allá fuera, Zurita observaba la cara tostada, seria, tranquila, dulce y triste de los marinos viejos. Veía los serenos, callados, tardos para la ira, y se le antojaban sacerdotes de un culto; se le figuraba que allá arriba, tras aquel horizonte en que les había visto horas antes desaparecer, habían sido visitados por la Divinidad; que sabían algo, que no querían o no podían decir, de la presencia de lo Absoluto. En el cansancio de aquellos rostros, producido por el afán del remo y la red, la imaginación de Aquiles leía la fatiga de la visión extática…

Por lo demás, él no creía ya ni dejaba de creer

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "Zurita". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

Una mujer que elige

Etiquetas: doña berta y otros relatos, generación del 98, lepoldo «clarín» alas.

5th February 2019

Doña Tula tenía treinta años, había leído novelas de Belot y profesaba la teoría de que la mujer debe conocer el bien y el mal para elegir libremente el bien; si no, ¿qué mérito tiene el ser buena?

Ella elegía libremente el mal, pero no quería que se supiera. Su afán de ocultar el pecado era vanidad escolástica. No quería dar la razón a los reaccionarios, que no se fían de la mujer instruida y literata. Ella no podía dominar sus fogosas pasiones, pero esto no era más que un caso excepcional, que convenía tener oculto; la regla quedaba en pie: la mujer debe saber de todo para escoger libremente lo bueno.

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "Zurita". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

La vanidad de creerse buena

Etiquetas: doña berta y otros relatos, generación del 98, lepoldo «clarín» alas.

5th February 2019

Pero le sucedió lo que siempre sucede en tales casos: que fue más dichosa mientras fue neófita y conservó la vanidad pueril de creerse buena, nada más que porque tenía buenos pensamientos, excelentes propósitos, y porque prefería aquellas lecturas y meditaciones honradas; y fue menos dichosa cuando empezó a vislumbrar en qué consistía la perfección sin engaños, sin vanidades, sin confianza loca en el propio mérito. Entonces, al ver tan lejos (¡oh, mucho más lejos que la vejez con sus miserias!), tan lejos la virtud verdadera, el mérito real sin ilusión, se sintió el alma llena de amargura, en una soledad de hielo,

sin mí, sin vos y sin Dios,

como decía Lope; sin mí, es decir, sin ella misma, porque no se apreciaba, se desconocía, desconfiaba de su vanidad, de su egoísmo; sin vos, es decir, sin su marido, porque, ¡ay!, el amor, el amor de amores, había volado tiempo hacía; y sin Dios, porque Dios está sólo donde está la virtud, y la virtud real, positiva, no estaba en ella. Valor se necesitaba para seguir sondando aquel abismo de su alma, en que al cabo de tanto esfuerzo de humildad, de perdón de las injurias, de amor a la cruz del matrimonio, que llevaba ella sola, se encontraba con que todo era presunción, romanticismo disfrazado de piedad, histerismo, sugestión de sus soledades, paliativos para conllevar la ausencia del esposo, distraído allá en el mundo… El mérito real, la virtud cierta, estaban lejos, mucho más lejos.

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "La imperfecta casada". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

Con el descanso de la maternidad viene...

Etiquetas: doña berta y otros relatos, generación del 98, lepoldo «clarín» alas.

5th February 2019

Como un rayo de sol de primavera, con el descanso de la maternidad viene el resucitar de la mujer, que sigue el imán de la admiración ajena; ráfagas de coquetería… así como panteística, tan sutiles y universales, que son alegría, placer, sin parecer pecado. Lo que se desea es ir a mirarse en los ojos del mundo como en un espejo.

La ocasión de volver al teatro, al baile, al banquete, al paseo, la ofrece el mismo esposo, que siente remordimientos, que no quiere extremar las cosas, y se empeña —se empeña, vamos— en que su mujercita, ¡qué diablo!, vuelva a orearse, vuelva al mundo, se distraiga honestamente. Y volvía Mariquita al mundo; pero… el mundo era otro. (...)

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "La imperfecta casada". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

La noche del Miércoles de Ceniza

Etiquetas: doña berta y otros relatos, generación del 98, lepoldo «clarín» alas.

6th February 2019

No hay habitante de Rescoldo, hembra o varón, que no confiese, si es franco, que el mayor placer mundano que ofrece el pueblo está en la noche del miércoles de Ceniza, al enterrar la sardina en el paseo de los Negrillos. Si no llueve o nieva, la fiesta es segura. Que hiele, no importa. Entre las ramas secas brillan en lo alto las estrellas; debajo, entre los troncos seculares, van y vienen las antorchas, los faroles verdes, azules y colorados; la mayor parte de las sábanas limpias de Rescoldo circulan por allí, sirviendo de ropa talar o improvisados fantasmas que, con largos cucuruchos de papel blanco por toca, miran al cielo empinando la bota. Los señoritos que tienen coche y caballos los lucen en tal noche, adornando animales y vehículo con jaeces fantásticos y paramentos y cimeras de quimérico arte, todo más aparatoso que precioso y caro, si bien se mira. Mas, a la luz de aquellas antorchas y farolillos, todo se transforma; la fantasía ayuda, el vino transporta, y el vidrio puede pasar por brillante, por seda el percal, y la ropa interior sacada al fresco por mármol de Carraca y hasta por carne del otro mundo. Tiembla el aire el resonar de los más inarmónicos instrumentos, todos los cuales tienen pretensiones de trompetas del juicio final; y, en resumen, sirve todo este aparato de Apocalipsis burlesco, de marco extravagante para la alegría exaltada, de fiebre, de placer que se acaba, que se escapa. Somos ceniza, ha dicho por la mañana el cura, y… ya lo sabemos, dice Rescoldo en masa por la noche, brincando, bailando, gritando, cantando, bebiendo, comiendo golosinas, amando a hurtadillas, tomando a broma el dogma universal de la miseria y brevedad de la existencia…

  • Alas, Lepoldo «Clarín». "El entierro de la sardina". Doña Berta y otros relatos. Navarra, España: Salvat, 1971.

Un enfermo en esta anchura

Etiquetas: años y leguas, gabriel miró.

16th February 2019

…Pero Manihuel, de la masía de Almazeres, ha muerto retorcido por otro dolor.

Sigüenza se marchó a verlo. Algunas veces le han dicho como si le revelaran un secreto miedoso: «Ahí, en esa calle, en la segunda casa que tiene la puerta entornada; o allí, en aquella heredad del pino redondo, o de la higuera que se dobla, hay un enfermo…»

Un enfermo, en esta anchura de sol, en esta obligación de salud de la faena agrícola, es la amenaza y el maleficio para los sanos. Un enfermo significa la casa obscura. A mediodía, los hijos pequeños se asoman al portal. Les sacan de comer; y, en seguida, les dicen que se vayan al ejido. Siempre silencio. En el peldaño, se acuesta el perro despedido que mira hacia la entrada como preparando el aúllo. Todos ven llegar y salir al médico, que lleva el periódico que le envían de Valencia. En el rincón de la cocina hay una silla con almohadas; unas manos grandes, cruzadas en la curva del cayado inmóvil; una cabeza con un pañuelo de algodón que le faja las sienes amargas; y debajo, unos ojos que se clavan, todo el día, en los legones, en las azadas, en las esportillas, en los aparejos, que están arrimados a un pilar, esperando. Y de la lumbre sube un humo débil de la olla de hierbas cocidas y del puchero de alimento. A ratos, pasa una voz encogida que pregunta por el enfermo y deja un olor de salud, un olor de camino y de bancales, y después se aparta diciendo: «¡Dios proveerá!»

La desgracia se ha parado allí como una sombra. La desgracia parada y proyectándose lejos. Si el vecino muere, la desgracia se encoge en la forma concreta y dura de cadáver. Ya no es un vecino; es un muerto, y aunque se prolongue su emoción como si estuviese tendido encima de todo el pueblo, de todo el campo, pertenece nada más a una casa. Y al otro día se le enterrará; y ya no estará la sombra.

  • Miró, Gabriel. "El señor vicario y Manihuel". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

Allí está el escarabajo

Etiquetas: años y leguas, gabriel miró, generación del 14, novecentismo.

16th February 2019

Ven la redonda entrada obscura de un cañuto del techo del parral. Las avispas y los abejorros han visto ese agujero, y nada. Pues los escarabajos no pasan delante del misterio sin escudriñarlo. Les obliga su naturaleza y su crédito. La creación les contempla. El mediodía tan grande, con tanto sol, no puede sumergirse en un tubo de caña. No importa: allí está el escarabajo. No temerá. Para él solo estaba guardada la tenebrosa aventura. Y se agarra al borde del cañuto y se va asomando. Su cuerpo tan orondo principia a sudar y crujir, adelgazándose, afilándose para internarse en el abismo. Después, se queda silencioso; y en silencio, blandamente se hunde. Fuera, está toda la mañana esperándole. ¿Qué sabrá, a estas horas, el desaparecido? ¿Cómo podrá salir?

El desaparecido sale reculando, y en seguida se le encienden en su espalda y en su sombrero de luto los negros fanalillos de sol. Y se pasa a otra caña horadada. Es otro misterio. No se cansará el investigador. Vuelve a sumirse; vuelve a salir; y acude insaciable al cañuto de al lado. ¿Qué hace dentro? Está encogido, atendiendo lo que piensa de él la gloriosa mañana. A otro cañuto, después al siguiente; todos los pesquisa; y nunca acaba, porque tiene el goce doctísimo de volver a penetrar en los mismos misterios de los mismos cañutos de antes, sin darse cuenta…

Tocan las campanas, muy poco, cabeceando con pereza. Tocan lo preciso para acentuar «las doce». Mediodía exacto. Todo el pueblo se sienta a comer; y los jornaleros que están en la labor, dejan hincada la azada y la reja, y buscan su atadijo de pan, companaje y navaja.

  • Miró, Gabriel. "Pueblo. Parral. Perfección". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

Cerdo murciano, cerdo yanqui

Etiquetas: años y leguas, gabriel miró, generación del 14, novecentismo.

16th February 2019

Y le va contando a Sigüenza que este cerdo ha sido cebado nada más que con dassa, maíz, maíz en grano y en harina. Otros le dan de comer al suyo patatas, desperdicios y hasta cadáveres, como hacía el sepulturero de un pueblo de Valencia.

La carne, la enjundia, el tocino, los quebrantos, todo en su cerdo ha de ser muy gustoso, porque además de su legítima mantenencia, le viene de raza. Es de raza murciana: la mejor, y costosa de engordar. El cerdo murciano crece apretándose; no como el americano, que se hincha y se engrasa pronto y flojo.

Sigüenza ha de recordar los ejemplares yanquis. El cerdo de Norteamérica es alto, blanco, sonrosado, limpio como si lo bañasen y adobasen ayos masajistas de bata esterilizada. Parece un cerdo de celuloide. Su cabezota es tan grande que, a veces, semeja postiza. No tiene mirada feroz, sino un cansancio, una cortedad de ojos rubios. Es un cerdo sinónimo del cerdo, es decir, su imitación; y, como todas las imitaciones y las restauraciones, excede a la verdad originaria. Claro que el cerdo de América es cerdo hasta en la torcedura de su rabo rudimentario, aunque lo apócrifo surja de su traza y en lo íntimo de sus sabores.

  • Miró, Gabriel. "Pueblo. Parral. Perfección". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

Pueblo palabra

Etiquetas: años y leguas, gabriel miró, generación del 14, novecentismo.

16th February 2019

Mañana de junio, alta, grande, precisa hasta en los confines. Sigüenza delante. Podría ir volviéndose, mirándola toda. Pero se impuso la penitencia de beber a sorbos, de disciplinar la contemplación.

Ahora se quedará cara a cara del pueblecito, aunque los horizontes le llamen con un grito infinito de silencio para que sus ojos brinquen y se revuelquen en sus delicias.

Le acoge la alegría de tener de verdad ese pueblo en que siempre se piensa cuando contamos un cuento. «Una vez, había un pueblecito…» Y en la mirada de las criaturas va pasando quietecitamente este pueblo. Es el hallazgo de nuestra palabra, hecha realidad. Alegría de la revelación y de la pronunciación de la palabra «pueblo», sino que éste es más moreno y más viejo. Lo que Sigüenza imaginaba o recordaba como blancura suya, es claridad que no le pertenece.

  • Miró, Gabriel. "Pueblo. Parral. Perfección". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

Carretera, pasos y miedo

Etiquetas: años y leguas, gabriel miró, generación del 14, novecentismo.

16th February 2019

Y sigue su camino. Se persuade de lo apacible de la hora. Ganados que vienen de los rastrojos. Leñadores que traen su costalillo para su llar. Jornaleros que bajan de las labores. La carretera tiene una inocencia de emoción de familia; la carretera únicamente va de pueblo en pueblo para que los caminantes regresen a sus casas. Claro que, después, la carretera se ahonda en una soledad de lejanía; y después ha de pasarla Sigüenza, y, entonces, el blancor del polvo en la foscura agranda el desamparo.

  • Miró, Gabriel. "Gitanos". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

La avispa en la ventana

Etiquetas: años y leguas, gabriel miró, generación del 14, novecentismo.

16th February 2019

Su cuarto era pequeño y encalado; las sillas, de olmo con asiento y respaldar de esparto; la mesa, virgen, sin adobo de barniz, y en medio, un pichel de vidrio aldeano con rosas; el balcón, a la sombra de un ala palpitante del toldo, y un postigo con red metálica que dejaba pasar el oreo sin moscas. ¡Ni una mosca! Nada más una que se parara en las flores, en los libros, lisándose el manto, latiéndole la trompa, mirándolo todo con sus ojos hinchados de color café, una mosca le trastornaba el silencio y la quietud más que un grito.

Y estalló en el aposento un zumbido de furor. Una avispa. Una avispa golpeándose contra la mañana enrejada por la celosía de alambres.

«La veré sin temerla; la miraré detrás de su prisión; la miraré de cerca, su cintura, su vientre, su corpezuelo afilado, su vello estremecido.» Y para que no se le fuese, cerró de un manotazo la hoja del balcón y salióse a la terraza.

No estaba la cautiva. Entró; abrió el postigo, y la vio aplastada sabiamente por el bárbaro golpe.

Desabor inicial del día. Y pasaron las moscas, y volaban en torno de sus sienes. Entonces, dejó de par en par los balcones; aspiró con avidez el verano, y se tragó un remolino de jovialidad que venía de la era. Lo postrero de la trilla.

  • Miró, Gabriel. "Gitanos". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

Goce sin actuación suya

Etiquetas: años y leguas, gabriel miró, generación del 14, novecentismo.

16th February 2019

Ya se regalaba Sigüenza con estas calidades y exactitudes, que podrán haber envejecido en cualquier mediano entendimiento, pero que en él eran de una verdad virgen, cuando volvió la ciudad a tocarle la frente y el corazón, avisándole que esas complacencias campesinas vendrían principalmente de ella.

Bastaba de recelos y de acechos; quería el goce descuidado sin actuación suya. No podría contemplar en tanto que discriminase su sentir. Después de muchos años, lo primero que encontraba en su campo, era a sí mismo, atravesándolo, estampándose en todo como su sombra prolongada por el sol poniente. Había de sumergirse y de perderse en la visión como en el sueño que no nos gana sino cuando perdemos la conciencia de nuestra vida y de nuestra postura.

  • Miró, Gabriel. "La llegada". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

Peón, peón caminero

Etiquetas: años y leguas, gabriel miró, generación del 14, novecentismo.

16th February 2019

—Peón caminero, peón caminero: ¿cuántos años lleva usted remendando este camino?

Le dijo que más de treinta años.

¡Más de treinta años, Señor! De modo que este buen hombre quizá le viese cuando él pasó, siendo muchacho, por estos lugares; y tendría entonces la edad suya de ahora. Con tan simples pensamientos se angustió un poco su conciencia cronológica. Pronunció el nombre de su padre, que fue ingeniero. Y principó el hombrecito a cogerse la falda de su sombrero de lona, y le salió su frontal de adobe recocido. Sus manos de leña, de pellejo y de asta, sin temperatura íntima suya, tomaron las manos de Sigüenza, que las sintió adelgazarse y rebullirle muy tiernas allá dentro. Se le mojaron los ojos de vidrio polvoriento que se empaña de la serena; y esos ojos se le paraban a su lado, como si a su lado estuviera el padre, de pie.

—¡Era un siervo de Dios!

«Siervo de Dios» lo pronunciaba mirando despacito a Dios; lo dice con llaneza, quitándole al ingeniero toda jerarquía, jubilándolo evangélicamente; viéndole en la bienaventuranza hermanado con los humildes, que aquí, en la tierra, están sirviendo en obras públicas. Le refiere los beneficios que recibió del padre; los desmenuza, vuelve a gustarlos como pan que ha de emblandecer resigándolo entre sus encías lisas, siempre bañadas.

A veces se encorva más, como si conversase con dos criaturas, los dos hijos del ingeniero: Sigüenza y su hermano; y después se incorpora como si se los subiese uno en cada brazo. Pregunta por su antigua casa, tan abundante , con corraliza y hortal. Bien recuerda que estaba junto a un Colegio de Padres de la Compañía de Jesús.

—Peón caminero; ya no queda casa, ni corraliza, ni hortal.

—¿Ya no? —y se rascó la cara huesuda, que le sonaba como una quijada de res. ¡Qué sabría el pobre de tener y perder haciendas!

Al despedirse le dio Sigüenza una moneda de plata para que fumase, y fumando volviese a pensar en aquel tiempo.

El viejecito le mira, le sonríe, llora; y llorando palpa y pesa, callado y devoto, la limosna...

Sigüenza se aparta, retozándole una suave vanagloria. Le parece que ese buen hombre le ha legitimado la llegada; sus manos de hierba y de piedra, de santo de pórtico, acaban de abrirle, de par en par, las puertas de su paisaje. Y el espolique no hacía sino mirarle y sonreír. Estaba, como él, también más gozoso.

Ya Sigüenza quiso contener su regodeo tan fácil. Siempre le era recelosa la facilidad.

Le divertió de sus menudos escrúpulos una hacienda que iba saliendo en un altozano de llencas o fajas de bancales gruesos y rojos. Las tierras, los cultivos, todo de un color de realce, de calidad apretada; el verde jovial del maíz; el de las calabaceras de tacto velludo; el de los frutales, tan jugosos, que trasciende a su médula dulce; el tostado de las cebadas maduras, que van desplegándose con un crujido de espigas de barbas luminosas, que se nos agarran a los dedos, como zancas de cigarrones; el frescor de la vid y del jazminero, que suben sabiamente por el casalicio recién enjalbegado... ¡Esa es la finca que Sigüenza quisiera comprarse; ésa es la deseada, y la escogida entre todas! Y su índice se tiende y la señala con arrogancia.

—¿Esa? —le pregunta el trajinero con socarronería —. Esa es del peón caminero de la limosna. Tuvo herencias de familia de Argel, y no suelta su jornal...

Sigüenza dobló la frente, sonrojándose de haber socorrido a un hacendado.

Pero vino una brisa generosa que le levantó los pensamientos. El viejecito tomó la moneda y la besó, dándole valor de limosna, no siendo pobre. ¿Era menester la gollería de la pobreza de verdad? Y montó y empujó con los carcañales a su cabalgadura. A trechos se volvía; miraba al socorrido; miraba la abundancia del huerto deseado.

  • Miró, Gabriel. "La llegada". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

Resabios de entusiasmarse

Etiquetas: años y leguas, gabriel miró, generación del 14, novecentismo.

16th February 2019

—¡No tenemos prisa! —lo pensó y lo dijo Sigüenza para que se oyese, creyendo que objetivaba la realidad de su júbilo, porque veía sus palabras desnudas en el silencio, silencio desde su boca hasta las cumbres.

Y mirando en su torno toda la tarde, tan ancha, descubrió en el camino la huella de sus pies. Sería la de su bota. No; porque él acababa de sentir el contacto de su carne en la carne del camino. Y esa noche se quedarían sus pisadas, frescas de relente, bajo los cielos inmediatos y finos. ¡Cuántos años sin sentir el ahínco y marca de humanidad por el asfalto y las losas que se chafan o se pisan sin hollar!

Quizá estos aturdimientos probaran a Sigüenza el predominio de la calle. De seguro él se creía ya en su ruralismo de antaño. Pero aún no debía serlo sino de presencia, de óptica y de tacto, porque la inquietud y el goce seguían refiriéndose a la ciudad, de la que traemos el brinco, el grito, la exaltación y la suavidad junciosa; resabio de entusiasmarse por agradar y contentarnos.

Todavía este hombre no se sentía sino a sí mismo, con acústica de recinto cerrado.

  • Miró, Gabriel. "La llegada". Años y leguas. Navarra, España: Salvat, 1971.

Acerca de...

Hiperlectura

Hiperlectura es mi espacio de relectura.