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Hipertexto lento

Entradas de December 2018.

Cara de hombres

Etiquetas: generación del 98, la busca, pío baroja.

27th December 2018

Entre los mendigos, un gran número lo formaban los ciegos; había lisiados, cojos, mancos; unos hieráticos, silenciosos y graves; otros movedizos. Se mezclaban las anguarinas pardas con las americanas raídas y las blusas sucias. Algunos andrajosos llevaban a la espalda sacos y morrales negros; otros, enormes cachiporras en la mano; un negrazo, con la cara tatuada a rayas profundas, esclavo, sin duda, en otra época, envuelto en harapos, se apoyaba en la pared con una indiferencia digna; por entre hombres y mujeres correteaban los chiquillos descalzos y los perros escuálidos; y todo aquel montón de mendigos, revuelto, agitado, palpitante, bullía como una gusanera.

—Vamos —dijo Roberto—, no está aquí ninguna de las que busco. ¿Te has fijado? —añadió—. ¡Qué pocas caras humanas hay entre los hombres! En estos miserables no se lee más que la suspicacia, la ruindad, la mala intención, como en los ricos no se advierte más que la solemnidad, la gravedad, la pedantería. Es curioso, ¿verdad? Todos los gatos tienen cara de gatos, todos los bueyes tienen caras de bueyes; en cambio, la mayoría de los hombres no tienen cara de hombres.

  • Baroja, Pío. La Busca. Navarra, España: Salvat, 1970.

El hornero Karl

Etiquetas: generación del 98, la busca, pío baroja.

27th December 2018

Al mes de trabajar en la tahona, Manuel consideraba a Karl como su único amigo; se trataban los dos como camaradas; se llamaban de tú, y si el hornero ayudaba muchas veces a su pinche para cualquier trabajo de fuerza, en cambio, en ocasiones, le pedía su parecer y le consultaba acerca de puntos y complicaciones sentimentales, que al alemán intrigaban, y que Manuel resolvía con su perspicacia y su instinto de chiquillo vagabundo, convencido de que todos los móviles de la vida son egoístas y bajos. La igualdad entre maestro y ayudante desaparecía desde que Karl se ponía a la boca del horno. Entonces Manuel debía obedecer al alemán sin vacilaciones ni tardanzas.

El único vicio de Karl era la borrachera: continuamente tenía sed; cuando bebía vino y cerveza, marchaba bien; llevaba método en su vida, y las horas libres las pasaba en la plaza de Oriente o en la Moncloa, leyendo los dos tomos que constituían su biblioteca: uno, Las ilusiones perdidas, de Balzac, y el otro, una colección de pesías alemanas.

Estos dos libros, constantemente leídos, comentados y anotados por él, le llenaban la cabeza de preocupaciones y de sueños. Entre los razonamientos amargos y desesperados de Balzac, pero en el fondo llenos de romanticismo, y las idealidades de Goethe y de Heine, el pobre hornero vivía en el más irreal de los mundos. Muchas veces Karl le explicaba a Manuel los conflictos de los personajes de su novela favorita, y le preguntaba cómo se condiciría él en casos semejantes. Manuel encontraba casi siempre una solución tan lógica, tan natural y tan poco romántica, que el alemán quedaba perplejo e intrigado con la claridad de juicio del muchacho; pero luego, pensando otra vez sobre el mismo tema, veía que la tal solución no podía tener valor para sus personajes quintaesenciados, porque el conflicto mismo de la novela no hubiera llegado a existir entre gente de pensamientos vulgares.

  • Baroja, Pío. La Busca. Navarra, España: Salvat, 1970.

Relojes

Etiquetas: generación del 98, la busca, pío baroja.

27th December 2018

Acababan de dar las doce, de una manera pausada, acompasada y respetable, en el reloj del pasillo. Era costumbre de aquel viejo reloj, alto y de caja estrecha, adelantar y retrasar a su gusto y antojo la uniforme y monótona serie de las horas que va rodeando nuestra vida, hasta envolverla y dejarla, como a un niño en la cuna, en el oscuro seno del tiempo.

Poco después de esta indicación amigable del viejo reloj, hecha con la voz grave y reposada propia de un anciano, sonaron las once, de un modo agudo y grotesco, con una impertinencia juvenil, en un relojillo petulante de la vecindad, y unos minutos más tarde, para mayor confusión y desbarajuste cronométrico, el reloj de la iglesia próxima dio una larga y sonora campanada, que vibró durante algunos segundos en el aire silencioso.

¿Cuál de los tres relojes estaba en lo fijo? ¿Cuál de aquellas tres máquinas para medir el tiempo tenía más exactitud en sus indicaciones? El autor no puede decirlo, y lo siente. (...)

  • Baroja, Pío. La Busca. Navarra, España: Salvat, 1970.

Residuo de la vida urbana

Etiquetas: generación del 98, la busca, pío baroja.

27th December 2018

Toda aquella tierra negra daba a Manuel una impresión de fealdad, pero al mismo tiempo, de algo tranquilizador, abrigado; le parecía un medio propio para él. Aquella tierra, formada por el aluvión diario de los vertederos; aquella tierra, cuyos únicos productos eran latas viejas de sardinas, conchas de ostras, peines rotos y cacharros desportillados; aquella tierra, árida y negra, constituida por detritus de la civilización, por trozos de cal y de mortero y escorias de fábrica, por todo lo arrojado del pueblo como inservible, le parecía a Manuel un lugar a propósito para él, residuo también desechado de la vida urabana.

Manuel no había visto más campos que los tristes y pedregosos del pueblo de Soria y los más tristes aún de los alrededores de Madrid. No sospechaba que en sitios no cultivados por el hombre hubiese praderas verdes, bosques frondosos, macizos de flores; creía que los árboles y las flores sólo nacían en los jardines de los ricos...

  • Baroja, Pío. La Busca. Navarra, España: Salvat, 1970.

La lidia

Etiquetas: generación del 98, la busca, pío baroja.

28th December 2018

Sentía rabia contra todo el mundo, contra los demás y contra él. Le pareció el espectáculo una asquerosidad repugnante y cobarde.

El suponía que los toros era una cosa completamente distinta a lo que acababa de ver; pensaba que se advertiría siempre el dominio del hombre sobre la fiera, que las estocadas serían como rayos y que en todos los momentos de la lidia habría algo interesante y sugestivo; y en vez de un espectáculo como él soñaba, en vez de una apoteosis sangrienta del valor y de la fuerza, veía una cosa mezquina y sucia, de cobardía y de intestinos; una fiesta en donde no se notaba más que el miedo del torero y la crueldad cobarde del público recreándose en sentir la pulsación de aquel miedo.

Aquello no podía gustar —pensó Manuel— más que a gente como el Cernicerín, a chulapos afeminados y a mujerzuelas indecentes.

  • Baroja, Pío. La Busca. Navarra, España: Salvat, 1970.

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